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La parábola del ciclista, por Franco Giuffra

Falta un plan maestro para las ciclovías, pero sobre todo una ciudad con menos distritos y más sujeción a normas generales.

Franco Giuffra Empresario

La parábola del ciclista, por Franco Giuffra

La parábola del ciclista, por Franco Giuffra

Había una vez un ciclista lo suficientemente tronado como para pretender cruzar Lima utilizando las ciclovías. En su aventura descubrió que en cada distrito eran distintas, cuando existían. Unas iban por la derecha de la pista, otras por la izquierda. Pintadas de amarillo estas; de verde aquellas y sin pintar la gran mayoría. Separadas con tachones en un lado, con vallas en otras partes y muchas sin separación alguna. Unas con doble vía y otras solo de ida. Todas terminaban abruptamente: en una avenida mortal, en el límite del distrito o en el mar de Grau. Ninguna conectaba con nada.

En verdad os digo, queridos hermanos, que este chongo de las ciclovías es una triste imagen del caos que significa manejar una ciudad con 49 distritos independientes. Medio centenar de gobiernos semiautónomos que esencialmente actúan en sus minúsculos reinos disponiendo en ellos como si fueran países con sus propias leyes y monedas.

Cada uno, a su manera, regula a través de los infames TUPA las licencias y permisos que permiten o impiden construir una casa, adicionar un baño, abrir una pizzería, instalar una pizarrita con ofertas o abrir hasta las 10 de la noche. O sea, 49 maneras de ordenar la realidad.

Algo está muy mal con el sistema normativo de las municipalidades. Es decir, con el “andamiaje” de ordenanzas, acuerdos y resoluciones del concejo; decretos y resoluciones de alcaldía; resoluciones y directivas de la Gerencia Municipal y otras normas de menor jerarquía, pero igualmente letales, de gerencias municipales especializadas (Desarrollo Urbano, Comercialización, Fiscalización, etc.).

Todo lo cual constituye una fuente infinita de imaginación burocrática que hace imposible en lo microeconómico que se cumplan los sueños macroeconómicos del desarrollo. 

Usted puede firmar todos los tratados de libre comercio del mundo o encender todos los motores de diversificación productiva que le dé la gana, pero en el ámbito distrital resulta que una ordenanza prohíbe vender menú en una cafetería. O puede imaginar modalidades ingeniosas para impulsar la venta de departamentos, pero encontrará distritos que le piden plano de evacuación para la caseta de ventas o que impiden atender los domingos a los compradores.

Esta constelación de regulaciones provenientes de los 49 reinos municipales de Lima (y más de 1.800 a escala nacional), se basa a menudo en la jerarquía normativa de las ordenanzas. ¿A quién se le ocurrió que debían tener rango de ley, como dice la Constitución? Me parece una locura. 

Tampoco se entiende que existan normas que impiden a los ministerios dictar medidas que pudieran afectar el comercio exterior o la comercialización de bienes sin la aprobación previa del Ministerio de Economía. Pero que nada impida a los concejos municipales y alcaldes hacer en estas materias lo que les venga en gana. 

Claro que falta un plan maestro para las ciclovías limeñas y más coordinación entre los alcaldes. Pero mucha más falta nos hace una ciudad con menos distritos y más sujeción de estos a normas generales. Ayudó mucho, por ejemplo, la ley marco para las licencias de funcionamiento, que impone obligaciones claras a todos los municipios en esta materia. Aunque no falta la astucia de los burócratas para sacarle la vuelta e imponer nuevos requisitos, necesitamos más normas de este tipo que reduzcan la discrecionalidad municipal y que faciliten la vida de personas y negocios. Es decir, menos TUPA municipales y más progreso. Así sea.

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