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Perú bajo el agua, por Franco Giuffra

El acuario de la Costa Verde, en el distrito de Magdalena, luce abandonado. ¿Qué hacer?

Franco Giuffra Empresario

Perú bajo el agua, por Franco Giuffra

Perú bajo el agua, por Franco Giuffra

“Nomen est omen” es la expresión latina que resume la idea de que el nombre lo dice todo. A partir de ella se puede reflexionar sobre teoría linguística, filosofía o literatura, como hizo Manuel Scorza en “Redoble por Rancas”, cuando dijo de doña Encarnación que en el nombre llevaba el destino. 

El destino, por supuesto, puede ser muy ingrato. Como le ha ocurrido al acuario de la Costa Verde, en el distrito de Magdalena, que hoy luce abandonado, con los pisos rajados, las estructuras oxidadas y sin un muy muy que lo nade. En el frontis de esta caja vacía se lee un mensaje que también lo resume todo: “Perú bajo el agua”. 

Pero no siempre fue así. En el 2013, la Sociedad Peruana de Gastronomía (Apega) anunció que el plato fuerte de la feria Mistura de ese año sería un hermoso acuario de 600 metros cuadrados. Con un diseño impresionante, que luego ha resultado finalista en eventos internacionales, la atracción tuvo el auspicio del Ministerio de la Producción (Produce), que puso chivilines de todos los peruanos para sufragar, no tengo claro si en todo o en parte, la factura de más de tres millones de soles que costó su construcción.

La idea era presentar al público la riqueza de nuestro mar y de todo lo que el Perú puede ofrecer. Nuestra diversidad, sabor y colores. En definitiva, lo que el país es capaz de hacer si de verdad se lo propone.

Viendo hoy el recinto completamente abandonado, no queda duda de que se logró el objetivo, porque basta una pasada al vuelo para comprender la ligereza con la cual se dispuso de dinero público y el enredo que se armó después para asegurar su mantenimiento. Típicamente peruano.

Apega, efectivamente, acordó con el Produce que este ministerio se encargaría de mantener este espacio de divulgación del mundo marino. El Produce, a su vez, suscribió otro convenio con la Municipalidad de Magdalena para arrimarle ese mismísimo piano. Y luego Magdalena se dio cuenta de que no tenía plata para alimentar a los pejerreyes. 

Como suele ocurrir allí donde mete la mano el Estado, ahora la ministra que firmó ese convenio está, como debe ser, dedicada a sus actividades privadas. El Produce, por su parte, le está pidiendo a Magdalena que le devuelva el acuario. Y Magdalena le exige al Produce que retire la chatarra de su distrito. Una chanfaina. Apega, mientras tanto, ya anunció que Mistura se hará en otro lado. 

Si esto ocurría en Bambamarca, la noticia se hubiera colado en la sección Provincias de algún diario capitalino, como expresión del descuido en que suelen caer los gobiernos locales que levantan monumentos al árbitro o al sombrero. El hecho de que ocurra entre gente bien puesta y cultivada, en un distrito que no tiene nada de abandonado, es un ejemplo menor de la poca calidad de la gestión pública en el Perú. 

Se discute también si la estructura era temporal o permanente. No queda claro, en fin, cómo se deshará este enredo, pero hay una tarea urgente que se puede acometer de inmediato. Por un tema de autoestima nacional y para no envalentonar a los enemigos de la patria, hay que comprar unos metros de plástico azul en Surquillo y tapar el lema de la fachada. Tal vez el proyecto naufragó, pero el Perú no puede estar bajo el agua. No way.

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