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Thaler y la economía del comportamiento, por Ivan Alonso

“El rasgo esencial del hombre, según los 'behaviouristas', son sus limitaciones cognitivas, que lo hacen vulnerable a sus propios impulsos”.

Iván Alonso Economista

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Richard H. Thaler, ganador del Nobel de Economía 2017. (Foto: Reuters)

"El nombre de “economía del comportamiento” es una suerte de apropiación ilícita, pues ¿de qué otra cosa se ocupa la economía si no es del comportamiento humano?". (Foto: Reuters)

Reuters

Tarde o temprano, el profesor Richard Thaler, de la Universidad de Chicago, tenía que ganar el premio Nobel de economía. Su influencia ha sido enorme en el desarrollo de un campo conocido como behavioural economics, la economía del comportamiento o economía conductual, que cada vez gana más adeptos dentro y fuera de la academia. Un campo que ha producido interesantes observaciones, pero que, sin embargo, en opinión de este economista, no ha aportado mucho que sea, a la vez, radicalmente nuevo e importante para la ciencia lúgubre.

El nombre de “economía del comportamiento” es una suerte de apropiación ilícita, pues ¿de qué otra cosa se ocupa la economía si no es del comportamiento humano? La diferencia está en que, para Thaler y sus seguidores, el supuesto de racionalidad de la teoría económica no describe adecuadamente al hombre. Hay que observar directamente cómo se comporta, cómo toma decisiones en situaciones concretas.

El rasgo esencial del hombre, según los “behaviouristas”, son sus limitaciones cognitivas, que lo hacen vulnerable a sus propios impulsos y a la manipulación de otros. Esto es lo que explica una serie de paradojas y anomalías que la teoría convencional no puede explicar. Y también lo que justifica ciertas pequeñas (o grandes) intromisiones en los asuntos de la gente para supuestamente ayudarla a elegir de acuerdo con sus verdaderos intereses.

Algunas de esas paradojas y anomalías, sin embargo, no son tales. Se derivan simplemente de la omisión de una variable relevante. Un estudio encontró que los taxistas de Nueva York trabajan menos horas en los días en que hay mucha demanda y más en los que hay poca. Si trataran de maximizar sus ingresos, actuarían justamente al revés. Lo que pasa, dice Thaler, es que el cálculo maximizador está más allá de nuestras facultades y optamos por una regla más simple, que es la de volver a casa cuando los ingresos del día lleguen a un cierto nivel. Pero ¿no será que el taxista valora más su tiempo libre precisamente en los días en que hay más demanda por sus servicios? Quién sabe haya béisbol esos días y él también lo quiera ver.

Otra de las contribuciones de Thaler citada por la Academia Sueca es la idea de que hay un sentido de justicia o equidad (fairness) que constriñe la operación de los mercados. Ante un aumento inesperado en la demanda de un producto, a causa, por ejemplo, de un desastre natural, una empresa puede decidir no subir el precio, y eso genera escasez. Pero no se necesita apelar al sentido de justicia (que, por lo demás, nadie niega que exista) para encontrar una explicación. El precio de hoy puede afectar la demanda de mañana. Es más simple asumir, aunque no sea literalmente cierto, que el dueño es una máquina de calcular y fijará el precio que maximice sus ganancias a largo plazo.

La crítica principal a la economía del comportamiento es que se pierde en el detalle. La forma como cada uno lidia con sus limitaciones cognitivas puede generar algunos hábitos peculiares de conducta, pero no deroga las leyes de la economía. Sigue siendo cierto que, si sube el precio de un producto, baja la demanda y viceversa. Sigue siendo cierto que un mercado libre de interferencias sirve mejor que nadie las preferencias de la gente, salvo que uno crea, como los “behaviouristas”, que la gente no conoce de verdad sus preferencias.

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