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Los Óscar y la ilusión de la representación perfecta, por Crispin Sartwell

“Los espectáculos de premios como los Óscar se han convertido en campos centrales de batalla en las guerras de representación”.

Aguilar

“A la larga, el aspecto de los Grammy o los Óscar tendrá poco impacto real en la justicia social”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa)

Para muchas personas que son activas en política, especialmente de izquierda, un problema central es cómo y por quién son representados los miembros de grupos marginados en el cine, la televisión, las redes sociales y el arte. Me sorprende que haya un debate exponencialmente más público sobre tales asuntos que, por ejemplo, la política educativa.

Los espectáculos de premios como los Óscar se han convertido en campos de batalla centrales en las guerras de representación, en parte porque tienen audiencias relativamente grandes y simbolizan la cultura ‘dominante’: ganar un Grammy o un Óscar es una señal de cierto tipo de moneda cultural. Los espectáculos se leen como cápsulas de toda la cultura, y cada aspecto de su presentación se evalúa demográficamente, desde nominados y ganadores, presentadores y artistas, discursos y la audiencia en el auditorio, hasta los zapatos de Katy Perry.

Según estos estándares, los grandes premios de los espectáculos están, de forma ajustada, entrando en conformidad. Los Grammy han sobrevivido, aunque no sin controversia, y han logrado encontrar un anfitrión aceptable en esta ocasión (Alicia Keys) y un equilibrio razonable de grupos demográficos y estilos concomitantes. Los Óscar, evidentemente, todavía tienen mucho camino por recorrer.

A menudo se considera obvio que los efectos de las representaciones son profundos y, en cierto sentido, lo son. No hay duda de que la experiencia de personas que ven artistas como Sidney Poitier o Ellen DeGeneres excede enormemente los límites impuestos a sus grupos de identidad; de hecho, cambiaron vidas, principalmente al mejorar la autoestima, o al hacer creer a los espectadores que era posible vivir vidas que nunca habían imaginado. Pero también hay buenas razones para ser escépticos sobre el impacto real de tales historias de éxito. Dichas representaciones pueden emplearse para generar más ganancias para los mismos imperios comerciales que participaron en la opresión en primer lugar.

Probablemente lo mejor para el objetivo de lograr un futuro más justo y menos discriminatorio es tener en cuenta que, a la larga, el aspecto de los Grammy o los Óscar tendrá poco impacto real en la justicia social. Quizás, sobre todo, el énfasis en qué tipo de persona está en la televisión ha sido una distracción de los asuntos mucho más urgentes. Imaginemos a un Estados Unidos que recibe los premios y que muestra exactamente lo que es correcto, pero en donde –al mismo tiempo– el encarcelamiento masivo avanza o la segregación residencial permanece sin cambios.

Las jerarquías raciales y de género son estructurales y materiales. Tienen que ver con las diferencias en el acceso al poder y los recursos, junto con el privilegio diario que los asiste. Esto podría continuar incluso en la cara de una industria cinematográfica representativamente perfecta, me temo, y creo que lo probaremos mediante experimentos.

Rara vez la historia enseña lecciones claras que pueden aplicarse directamente a las circunstancias actuales. Pero la historia ha demostrado que las representaciones no crean la realidad. La Unión Soviética impuso un estilo único en las artes visuales y lo aplicó durante décadas. Conocido como “realismo socialista”, mostraba implacablemente a los trabajadores fuertes y dignos, con sus ojos brillantes contemplando un futuro transformado. En gran medida, el Partido Comunista Soviético logró e impuso un monopolio en todos los medios de comunicación para retratar al mundo como el partido deseaba. Eso no hizo que la colectivización forzosa de la agricultura, en la que millones de estos mismos trabajadores fueron desplazados, desposeídos, hambrientos y ejecutados, sea menos dañina.

En gran medida, los medios estadounidenses han retratado una especie de paraíso racial desde la década de 1960. Solo unos pocos racistas extremos continúan usando los insultos directos, y nadie lo hace en la televisión. “Plaza Sésamo” y más o menos todos los demás programas para niños han enseñado lecciones raciales edificantes durante décadas. La gente blanca llegó a creer por este medio que no éramos racistas, porque no producimos ni aprobamos las representaciones prohibidas. Mientras tanto, el racismo avanzó a nivel estructural, pero se hizo más difícil de identificar y atribuir.

Cuando solo pueden aparecer imágenes aprobadas, tenemos lo que equivale a una censura: no impuesta por el gobierno, sino por todos nosotros a través de la presión social. El objetivo es un flujo de imágenes políticamente uniforme.

Es mucho más fácil arreglar las imágenes que arreglar el mundo. Además, sería un alivio si dejáramos de mirar espectáculos de premios para arreglar nuestros males sociales: si esas cosas no son divertidas, realmente no tienen sentido.

–Glosado y editado–
© The New York Times

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