Accidentes lingüísticos, por Rolando Arellano
Accidentes lingüísticos, por Rolando Arellano
Rolando Arellano C.

Doctor en Administración de Empresas

Los muertos en accidentes de tránsito que vemos diariamente me hicieron recordar una clase del maestro Luis Jaime Cisneros en la PUCP, en la que nos decía que los sinónimos raramente son sinónimos. “No es lo mismo militar desnudo que cachaco calato”, decía. Y pensé en cómo cambiarían las cosas si usáramos palabras más adecuadas para referirnos a las tragedias de nuestras rutas.

Así como no llamaríamos accidente a lo que ocurre cuando un pistolero loco va por la calle disparando a diestra y siniestra, tampoco deberíamos decirlo cuando un chofer conduce a toda velocidad sin respetar semáforos o peatones. Si matan a alguien, en ambos casos es “asesinato con ventaja y alevosía”, siendo por cierto más peligroso un carro de dos toneladas a 100 kilómetros por hora, que una veloz bala de diez gramos.
¿Y si se le encuentra manejando “irresponsablemente” pero por suerte no hirió a nadie? Sin ser abogado, lo acusaríamos de “intento de asesinato”, como pasaría si se detiene al pistolero antes de que mate a alguien. 

¿Y por qué no se arresta a quien tiene decenas de papeletas por infracciones graves? Quizás porque al listado se le llama “récord”, cuando su verdadero nombre es “prontuario”. ¿Y qué delito cometen los choferes “imprudentes”, que van despacio pegados a su izquierda, sin luces, o que se detienen por falta de gasolina? Al poner en peligro de muerte a muchas personas son “responsables” de “negligencia criminal”, no de imprudencia. 

¿Y no sería bueno darles su verdadera connotación a las autoridades que no reparan las curvas ni señalizan los precipicios en donde mes a mes ocurren tragedias? ¿No están quizás cometiendo delito de “asociación para poner en peligro la vida” o de “no actuación en caso de peligro de muerte”? 

Y por cierto, los pasajeros no estamos exentos de culpa, pues quien va junto al chofer que pone en peligro a otros y no hace nada por corregirlo no es solo “acompañante”, sino “cómplice” del intento de asesinato. Como el que acompaña al pistolero loco y no hace nada por detenerlo. Y si bien la sabiduría popular las ha nombrado “combis asesinas”, no olvidemos que las combis no asesinan. Lo hacen los choferes que las conducen.

No se trata por cierto de desconocer que existan accidentes, pero ellos deben ser llamados así únicamente cuando son “accidentales”, es decir involuntarios, fortuitos e incontrolables. Pero más allá del detalle, lo importante es entender que las palabras tienen poder para expresar nuestra indignación y nuestro compromiso ante las tragedias que vivimos día a día. Como cuando, al usar el ejemplo de “cachaco”, el doctor Cisneros expresaba su rechazo a la irrupción de los militares en la universidad donde enseñaba.