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¡Ay, las cloacas!, por Liuba Kogan

Si no fuera por Humala Keiko, la columna de hoy día trataría sobre un tema limpio, oloroso y fresco. 

¡Ay, las cloacas!, por Liuba Kogan

¡Ay, las cloacas!, por Liuba Kogan

Nunca pensé escribir sobre las cloacas si no fuera porque los políticos pusieron en agenda dicha palabra para señalar que un partido político había surgido de una. Gracias a esto, el término ‘cloaca’ se repitió en todos los medios masivos de comunicación hasta el cansancio. Sospecho que la alusión a la suciedad moral, perversos manejos políticos, corrupción o malversación de fondos que se le atribuyeron al ex presidente Fujimori hubieran sido tomados de otra manera si el presidente Humala hubiese señalado que el fujimorismo había nacido de “sucios manejos”.

La palabra ‘cloaca’ resuena diferente que ‘suciedad’ porque es fuerte, saturada de vocales que nos hacen abrir la boca para significar algo realmente potente. 

En realidad, existen muchos significados relacionados con el concepto de cloaca, todos ellos ligados a lo impuro: lugar sucio, aguas residuales, aguas fecales, pocilga, alcantarillas y así sucesivamente. La suciedad y los residuos sólidos humanos y animales junto con lo impuro terminan constituyendo ese lugar espantoso y de mal olor que es una cloaca.

Hace un tiempo observé un video que me dejó boquiabierta porque mostraba cómo la casta de Los Intocables (impuros o parias que se ubicaban fuera del sistema de castas de la India tradicional) ejercían el peor trabajo del mundo. Explicaré en qué consiste. Sin embargo, señalaré que el sistema de casta fue abolido, aunque siga siendo un referente cultural en la India contemporánea. Ese trabajo consiste en sumergirse en cloacas urbanas sin ninguna protección para extraer con sus manos la materia fecal que los pozos sépticos ya no pueden albergar. La verdad es que no lo podía creer; esta era una profesión que consistía en vaciar letrinas convirtiendo sus cuerpos en lo más sucio e impuro que podemos imaginar para un ser humano. Pues bien, este trabajo se realiza en la India por aquellos que siguen la tradición de sus padres, quienes a su vez heredaron de sus antepasados su pertenencia a la categoría de intocables. Incluso, muchos padres desalientan a sus hijos a seguir estudios con el fin de que continúen con el oficio tradicionalmente heredado.

Menos dramático es pensar en la Lima colonial y sus problemas de higiene y salubridad. En esa época las calles contaban con acequias que cortaban las calles por la mitad y donde los vecinos vaciaban incluso desde segundos pisos los orines. El manejo de los residuos sólidos resultaba un gran problema. Producto de ello, Lima era una ciudad pestilente y llena de ratas.

Me siento extraña escribiendo sobre las cloacas en un momento histórico en que la limpieza, la pureza y los sistemas de higiene resultan fundamentales para la vida en las ciudades. Son innumerables los productos para lograr olores agradables para cada parte de nuestro cuerpo, se han inventado cremas y todo tipo de pócimas para eliminar hasta los microbios, lo que está generando cambios en el equilibro de la vida de los microorganismos. No olvidemos los ambientadores de autos, casas y baños. Pues sí, escondemos nuestras cloacas modernas.

Si no fuera por Humala y Keiko, la columna de hoy día trataría sobre un tema limpio, oloroso y fresco. Me disculparán el atrevimiento, pero, la verdad, últimamente muchos personajes públicos parecen haber salido de estas pocilgas.

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