Buena muerte, por Patricia del Río
Buena muerte, por Patricia del Río
Patricia del Río

Periodista

Así como el lenguaje, los entierros tienen una fuerte carga simbólica que nos diferencia de los animales. Un oso ve morir a uno de su especie y sigue su camino.

Solo el hombre se toma el trabajo de enterrar a los suyos, de quemarlos, de momificarlos y, con cualquiera de estos u otros gestos, de despedirlos. Los ritos mortuorios, presentes en prácticamente todas las culturas, con distintos grados de sofisticación y complejidad, ayudan a hombres y mujeres a dar sentido a un hecho tan natural, y a la vez tan desconcertante, como la muerte. 

En el caso de Occidente, dominado principalmente por la religión católica, la manera como despedimos a nuestros muertos la ha dictado la Iglesia, que por años mantuvo una férrea posición de que la única forma de hacerlo era el entierro de los cuerpos. No fue sino hasta después de la celebración del Concilio Vaticano II en 1969 que se concedió a los católicos la posibilidad de elegir la cremación de su propio cadáver. Esta semana, sin embargo, el Vaticano ha sacado una nueva disposición que prohíbe que los cuerpos cremados sean echados a la naturaleza o que sean llevados a casa, o preservados en algún lugar que no sea un cementerio. 

La respuesta de los fieles y no tan fieles ha sido mayoritariamente negativa. Muchas personas han sentido que nadie tiene derecho a meterse en una decisión tan personal, y no han faltado quienes, con suspicacia, se preguntan quién va a enriquecerse con la enorme demanda de columbarios que esta medida va a desatar. Suspicacias aparte, tal vez lo que está en juego es esa desconexión tan grande que hay actualmente entre lo que la religión católica ofrece a sus fieles y lo que estos necesitan. 

Se supone que ante la pérdida de un ser querido la religión debería ser un espacio de refugio. Deberían permitirnos confiar en que nuestro padre, nuestro abuelo, nuestro hijo o nuestro hermano encontrará en otra vida la paz y la felicidad eterna. Pero eso parece que ya no ocurre. Da la impresión de que los velatorios, las misas, los entierros se han cargado de facturas por pagar y han dejado de ser un momento en que realmente se despide a un familiar para convertirse en una suerte de eventos casi sociales que no ayudan a mitigar el dolor ni a aceptar la pérdida.

Dejar que tus hijos dejen tus cenizas en el mar donde corrías olas, o que tus amigos te lleven a la punta de esa montaña que tanto quisiste escalar, o que tus nietos te pongan en la tierra de tu árbol preferido le había devuelto a la muerte algo personal, algo que no pasaba por caja sino por el corazón. Algo que permitía decir adiós sin tanta pompa y circunstancia. Pero dice la Iglesia Católica que eso ya no se puede hacer, y hay mucha gente furiosa que reclama que la dejen morir en paz.