Comprar y vender un político, por Rolando Arellano
Comprar y vender un político, por Rolando Arellano
Rolando Arellano C.

Doctor en Administración de Empresas

Con nuestras disculpas a los candidatos serios, creemos que sería muy bueno que los políticos desarrollen su postulación al menos “como si estuvieran vendiendo un jabón”. Porque sucede que todo buen jabón hace campañas más organizadas y responsables que las de algunos candidatos.

En efecto, antes de lanzarse al mercado, toda buena empresa de jabones sigue un proceso de márketing que implica primero estudiar bien el mercado para ver lo que necesita el consumidor (limpieza, frescura, facilidad, etc.). Basada en ese estudio, invierte en fabricar el producto deseado por el público. Solo después se ocupa de la comunicación: ¿Cómo presentar su jabón? ¿Qué tipo de publicidad hacer? Se cuida mucho allí de ofrecer solo aquello que realmente podrá cumplir su producto, pues sabe que si miente nunca lo volverán a comprar.

¡Qué diferencia con la estrategia de algunos candidatos, que se lanzan sin conocer lo que necesita el país y tienen como única guía sus propias aspiraciones, antes que las de los votantes! (¡quiero vender mi jabón, aunque no sé qué tipo de jabón necesita mi mercado!). Muchos comienzan sus campañas diciendo únicamente quién es el candidato y no qué ofrece (¡miren qué bonita envoltura tiene este jabón!). A veces ni siquiera preparan un plan de gobierno, esperando que la gente vote primero por ellos (como si el fabricante de jabón dijera: “Primero cómprame y después averigua lo que te doy”). Y, por cierto, forman su equipo de gobierno en el camino, dependiendo de las circunstancias (¿un fabricante de jabón esperando que la gente pague primero para luego construir su fábrica?). 

Piensan entonces que la publicidad puede reemplazar a la preparación de un gobierno que realmente responda a las necesidades y expectativas de los electores. Quizá en el corto plazo, con algo de suerte, resulten electos, pero sin duda terminarán rechazados por la población y condenados al juicio popular posterior (¿una fábrica de jabones para durar solo cinco años?). 

Pero este aspecto es solamente un lado de la ecuación, porque si se venden jabones de mala calidad es porque los compradores no han hecho el esfuerzo necesario para elegir el producto más conveniente. Se acepta que quizá se equivoquen una vez, por inexperiencia, pero si eso pasa varias veces, con seguridad el problema está en los compradores tanto como en el producto.

Y lo mismo sucede cuando se eligen malos gobernantes, mostrando que los electores no hemos hecho bien nuestra tarea de seleccionar a la persona (y equipo) que administrará los bienes de la sociedad. Si nos equivocamos una vez, pase, es parte del aprendizaje de la democracia, pero si varias veces elegimos y luego terminamos quejándonos del elegido, como ha pasado en las últimas cuatro elecciones, sin duda el problema es también nuestro. 

¿Vender un político como un jabón? Ojalá fuera al menos así con todos los candidatos a los puestos públicos. ¿Comprar un político como si fuera un producto? Sí, porque siendo las autoridades infinitamente más importantes para nuestras vidas que un jabón o una refrigeradora, deberíamos al menos asignarles el mismo esfuerzo que ponemos en comprar uno de estos productos. Esa es la tesis de mi nuevo libro “”. Si lo ven por ahí, denle una mirada.