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De Otelos y Yaguitos, por Patricia del Río

“La peor cara de este circo [...] son los líos de los congresistas”.

Patricia del Río Periodista

Congreso de la República

“Congresistas ventilan sus pendencias como si fueran cuestión de Estado, cuando en realidad son una lucha de eguitos agotadora”. (Foto: GEC).

Uno escucha la palabra Otelo y automáticamente piensa en celos. El personaje que da nombre a la obra de Shakespeare es un militar inteligente y sensible que pronto se ve envuelto en las conspiraciones de su subordinado Yago, un hombre vengativo que vive sembrando dudas e intrigas en los demás. Yago convence a Otelo de que su mujer le saca la vuelta y Otelo la estrangula. Una lectura fácil de la tragedia convierte a Otelo en un celópata y en un feminicida (y lo es); pero una más acuciosa, más cercana a lo que el genio inglés propone, hace de Yago el verdadero protagonista de la historia.

Si Otelo es un hombre virtuoso carcomido por la inseguridad; Yago es, como dice el crítico literario Harold Bloom, un personaje carente de valores, que usa la mentira, las medias verdades, la tergiversación para difuminar las fronteras entre lo bueno y lo malo. Yago es el ejemplo perfecto de que el amor al poder no es más que otro nombre del amor a la maldad. Y esa naturaleza tan despreciable y tan humana, lo convierte en el artífice de la historia de Shakeaspeare y de tantas historias nuestras.

Nuestra realidad está plagada de aspirantes a Yagos. Desde que se desataron las revelaciones sobre los sobornos de Odebrecht, vemos a ex presidentes tejiendo vergonzosas teorías conspirativas, intentando hacernos creer que las coimas son donaciones, que las fugas son refugios, que son víctimas de una persecución política. Abundan los empresarios que se escudan tras el típico “yo no sabía nada”. Desfilan por medios de comunicación cuajados líderes pasando por agua tibia el mismo hecho que les sirvió para echarle barro al adversario.

Como nunca, hemos sido testigos de una sarta de mentiras, posverdades y cinismo que han provocado tremendo hastío en el ciudadano. La peor cara de este circo, que haría palidecer a Shakespeare de la vergüenza, son los líos de los congresistas que se mandan al carajo, se separan de sus partidos, se dividen en decenas de bancaditas y ventilan sus pendencias como si fueran cuestión de Estado, cuando en realidad son una lucha de eguitos agotadora. (Por cierto, congresista Salaverry, ¿puede disculparse por haber mandado a volar a Karina Beteta y así le ponemos punto final al tema?).

Nuestros Yaguitos están ahí, dando más pena que miedo. Pero hay una arista en esta historia de la que no podemos reírnos: a todo Yago, por más misio que sea, le corresponde un Otelo. Y tal como lo presenta de manera brillante Franco Iza en su adaptación (bastante libre) del clásico de Shakespeare, quienes estamos atrapados en esta danza de corruptos y mentirosos somos los ciudadanos.

¿Quién es Otelo?, se preguntan los personajes de Iza en la obra que se pone hasta este fin de semana en el teatro Aranwa. Otelo somos todos los que seguimos permitiendo que insignificantes Yagos dominen nuestra vida. Vayan al teatro, ahí siempre se encuentra la verdad.

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