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¿Y si no es la corrupción?, por Carlos Meléndez

“La idolatría a Bolsonaro se explica en el odio a lo que significa el Partido de los Trabajadores”.

Carlos Meléndez Politólogo

Bolsonaro

“El ascenso de Bolsonaro –y la debacle del PT– no es una mera reacción anticorrupción (lo cual es, a mi parecer, complementario)”. (Foto: Reuters)

Una mirada superficial encuentra en la corrupción al “sospechoso común” que gatilla cambios brutales en los sistemas de partidos y colapsos de establishments. Farid Kahhat, por ejemplo, señalaba que el éxito de Bolsonaro en Brasil se debía a “la corrupción y el descrédito asociado a ella, de la clase política tradicional”. El mismo internacionalista indicaba que Bolsonaro y su entorno, con pocas semanas en el cargo, ya se han visto envueltos en escándalos de corrupción. Entonces, ¿por qué Bolsonaro sigue gozando de un apoyo social sostenido? Luego de un trabajo de campo en Brasil, varios colegas brasileños que he consultado coinciden en una respuesta que pudiéramos frasear así: “It’s not the corruption, stupid”.

Como se sabe, el Partido de los Trabajadores (PT) dejó el poder después de –casi– 14 años sucesivos en el Palacio de Planalto. Su derrota se arropó en corruptelas, aunque estas afectaron a toda la clase política, de izquierda a derecha. Ninguna evidencia sostiene que los opositores al PT sean baluartes de honestidad o significativamente más intolerantes con la corrupción que los petistas. La corrupción se emplea, sospecho, como enmarcado para valorizar a grupos políticos rivales como “buenos” o “malos”, agazapando diferencias fundamentales.

Se ha develado que en el círculo de confianza de Bolsonaro hay integrantes de milicias urbanas muy peligrosas de las favelas de Río, involucradas en lavado de dinero y asesinatos como el de la regidora Marielle Franco. Los fans del presidente le siguen llamando ‘El Mito’, a pesar de sus pies de barro. Este vínculo no se sostiene, obviamente, en sus políticas anticorrupción. El paquete de propuestas de su ministro de Justicia, Sergio Moro –juez federal impulsor de Lava Jato y del encarcelamiento de Lula–, apunta más al endurecimiento de medidas procesales que a una lucha sistemática y preventiva contra este mal. Es una dosis más de “mano dura”.

La respuesta a muchas paradojas políticas se encuentra en las estructuras de las sociedades. La idolatría a Bolsonaro –de parte de un sector de la población– se explica en el odio a lo que significa el PT. Varios estudios demuestran que el ascenso de este partido de izquierda al gobierno significó un cambio social en las posiciones de la representación política. La clase política se diversificó, nutriéndose de sectores socialmente excluidos: populares, afrodescendientes, mujeres y homosexuales. Esta transformación en la simbología del poder generó rechazos viscerales entre conservadores, quienes “no podían permitir más negros en universidades” (sic) ni la expansión de la “ideología de género” (sic), entre otras.

El ascenso de Bolsonaro –y la debacle del PT– no es una mera reacción anticorrupción (lo cual es, a mi parecer, complementario). Es la expresión política de factores estructurales –ideología de derecha, valores conservadores y odios de clase–, propios de una sociedad tan ostentosamente desigual e históricamente discriminadora como la brasileña. Este mejunje de ideología, moral y bilis, articulado bajo una identidad política (como el antipetismo), explica mejor las divisiones políticas de un país que la alusión simplista a la corrupción.

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