La desigualdad, por Richard Webb
La desigualdad, por Richard Webb
Richard Webb

Director del Instituto del Perú de la USMP

La economía a veces avanza y a veces no, pero la desigualdad es casi constante. ¿Cuán malo es ese mal? ¿Y por qué no hay mejora? Desde hace medio siglo, gobiernos sucesivos han dictado medidas redistributivas (algunas muy radicales como fue la reforma agraria), pero al final del día es difícil detectar algún impacto. En el Perú, no han faltado estudios que intentan medir el tamaño del problema y que especulan sobre los efectos de la desigualdad. 

Hace cuarenta años me tocó realizar uno de los primeros estudios sobre la desigualdad de los ingresos en el Perú. El estudio, que fue mi tesis doctoral, fue publicado como libro y sigue siendo citado como una referencia cuando se habla de los números de la desigualdad. Pero a pesar de ese reconocimiento, hoy me doy cuenta de que no tuve éxito en transmitir dos de las conclusiones más importantes del estudio.    

La primera conclusión no comprendida es que cuando se quiere formular políticas redistributivas, es necesario hacerlo en detalle. Es que la desigualdad es en realidad una pluralidad de desigualdades distintas, cada una referida a un subgrupo de la población y que necesita soluciones específicas para ese problema. Más que reducir la “desigualdad” en general, lo que espera la gente es una solución, por ejemplo, para la desigualdad de género o para la desigualdad regional o étnica. Mejorar la situación de los trabajadores manuales en fábricas pasa por medidas muy diferentes a mejorar el nivel de vida de los minifundistas en la sierra. Hablar de redistribuir en general es como hablar de mejorar la salud en general, en vez de entrar a la situación específica de cada enfermo. Ese concepto de la diversidad del problema distributivo me llevó a elaborar una estadística detallada de los ingresos de distintos grupos de la población. Intencionalmente, en mi estudio no incluí una estadística del nivel de desigualdad en general, como es el llamado coeficiente Gini, dato que esconde toda la variedad de desigualdades del país. El Gini se presta para hacer retórica redistributiva pero no ayuda cuando se trata de diseñar una política redistributiva. 

La segunda conclusión de mi estudio, que lamento no haber transmitido con suficiente poder de convencimiento, se refiere a la enorme dificultad y costo logístico para redistribuir. En el escritorio, es fácil planificar una redistribución importante imponiendo un tributo al diez por ciento más pudiente del país para transferir al diez por ciento más pobre. Pero llevarla a cabo es otra cosa. Primero, porque, como bien sabemos, el que parte y reparte se lleva la mejor parte. Segundo, por el costo administrativo de identificar a los individuos en cada uno de esos dos grupos y de crear un sistema de delivery para personas escondidas en los lugares de más difícil acceso en el país. Tercero, porque inevitablemente los que planifican la transferencia se dan el lujo de jugar a Dios, decidiendo qué es lo que más le conviene al pobre recibir. Y cuarto, porque el dinero regalado viene con un costo al orgullo del que recibe. El regalo puede ser una ayuda, pero nunca crea verdadera igualdad. La única solución pasa por elevar la productividad del pobre.