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El enemigo en la otra esquina, por Patricia del Río

“Seguimos siendo ese país al que le resulta más sencillo celebrar un gol, que el final de una guerra”.

Patricia del Río Periodista

Abimael Guzmán: A 24 años de la captura del genocida [FOTOS] - 8

(Ilustración: Giovanni Tazza)

Si le ganamos a Argentina, no habrá más empleo. Si llegamos a Rusia, no reconstruiremos las zonas afectadas más rápido. El fútbol no resuelve nada ni nos aleja de ninguna desgracia, pero permite que, aunque sea por unas horas, todos celebremos con un grito el mismo triunfo, nos abracemos virtual o realmente con ese ‘troll’ con el que discutimos todo el día.

Todo esto podrá sonar naif o idealista, pero en épocas en que la descalificación y el insulto se superponen al intercambio de ideas resulta refrescante saber que aún tenemos a qué aferrarnos para no terminar sacándonos los ojos. Y es que las redes sociales y su capacidad de mantenernos a todos interconectados nos permiten escuchar y leer las opiniones de millones de ciudadanos con los que antes no teníamos mayor contacto, y están poniendo en evidencia, de manera clara y documentada, largas taras que arrastramos como el racismo, la homofobia, la intolerancia, la bajeza y el insulto.

Imposible no preguntarnos, entonces, qué nos está pasando: por qué, cuando estamos a punto de cumplir 25 años de la captura del sanguinario Abimael Guzmán y su cúpula, hemos sido incapaces de sanar heridas y celebrar todos juntos el haber derrotado a un movimiento demencial. No se trata de que estemos todos de acuerdo ni que compartamos al 100% la mirada sobre los años de violencia, pero sí deberíamos ser capaces de construir una memoria colectiva sobre la base de un debate alturado que tome en cuenta distintos puntos de vista.

Y no lo estamos logrando, ni siquiera nos estamos acercando a eso. A pesar de que los peruanos compartimos el mismo enemigo, hemos decidido pelear entre nosotros y al grito de “caviar terruco” le corresponde el no menos agresivo “facho negacionista”. Al menor intento de mirar atrás poniendo al centro a las víctimas saltan los que consideran que los campesinos muertos fueron el efecto colateral de la guerra. Los que buscan reivindicar el rol de las Fuerzas Armadas son silenciados por quienes consideran que todos los militares violaron los derechos humanos.

Y así, entre gritos, insultos, bulla y atarantamiento, vamos banalizando una historia que nos marcó para siempre. Confundimos a las nuevas generaciones con interpretaciones contrarias y enfrentadas en las que nuestro vecino parece el enemigo, y los terroristas la excusa para sacarnos los ojos.

Ha pasado un cuarto de siglo desde la caída de Abimael Guzmán y seguimos siendo ese país al que le resulta más sencillo celebrar un gol que el final de una guerra. Seguimos siendo esa sociedad que es incapaz de entender su pasado para construir otro futuro.

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