"La prédica anticorrupción es indispensable y no puede detenerse".  (GETTY IMAGES)
"La prédica anticorrupción es indispensable y no puede detenerse". (GETTY IMAGES)
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

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Me aterra la inmovilidad del Estado. Pero más aterrada está la gente que trabaja en el Estado y cuyas acciones u omisiones han determinado que, según denuncias de Jaime Reusche, uno de los empresarios miembros del Comando Vacuna; no tengamos los trámites en regla para contar con ella en fecha previsible.

Los detalles ya los conoceremos luego; pero de hecho están relacionados con las monstruosidades que hemos creado en los últimos años en el aparato estatal y que han traído como consecuencia que este se paralice cuando tiene que tomar una decisión capital.

Al monstruo de la corrupción, que en sí mismo no inmoviliza pues necesita que se ejecuten obras para robar y cobrar comisiones; le hemos contrapuesto una monstruosa desconfianza que se ha hecho carne en el aparato de la contraloría y el Ministerio Público. Ello sí inmoviliza. Nosotros que nos quejamos de la debilidad de las instituciones, paradójicamente hemos fortalecido esos dos aparatos de una forma tal que hemos institucionalizado la desconfianza. El antivirus puede ser tan o más corrosivo que el virus.

Cualquier alerta o apertura de investigación que venga de contralores y fiscales, aunque se base en sospechas forzadas o nimias; nos lleva a satanizar a los funcionarios preliminar y sumariamente. Súmese a esa generalización punitiva aplaudida por la opinión pública, el afán de los políticos de eliminar a sus rivales alentando la judicialización de sus rabos de paja, y tenemos la tormenta perfecta.

La prédica anticorrupción es indispensable y no puede detenerse. Pero, a la vez, tenemos que crear conciencia sobre los efectos nocivos de generalizar indiscriminadamente la desconfianza y utilizar herramientas punitivas para deshacernos de lo que no nos gusta. La corrupción produce seres monstruosos que tenemos que inhabilitar y castigar; pero también ha provocado que creemos una maraña de leyes y procedimientos que traban la gestión de profesionales inocentes.

Valga esta reflexión a propósito de las dilaciones en las vacunas, recogidas en el cuadro de “The Economist”, que nos coloca entre los países que accederán más tarde que varios vecinos a la vacunación masiva; para generar conciencia sobre los miedos que despistan, confunden e inmovilizan a funcionarios ante una decisión trascendental para salvar vidas.

Para acabar con otra ironía cruel: esos funcionarios paralizados ante el papel que quizá no firman porque creen que entrarán en un espiral que los llevará hasta el pedido de prisión preventiva; también corren el riesgo de ser procesados por no hacer lo que debieron hacer. Tenemos que aprender a castigar y confiar a la vez. Sino, el Estado no se va a mover.

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