Gatos, tigres y empresarios, por Rolando Arellano
Gatos, tigres y empresarios, por Rolando Arellano
Rolando Arellano C.

Doctor en Administración de Empresas

Un gato no es evidentemente un tigre, y es necesario que la denominación haga clara esa diferencia. Pero, según lo muestra una investigación nuestra, esa diferenciación no es correcta cuando la sociedad denomina ‘’ solo a un tipo de dirigente empresarial, tratando a la mayoría como negociantes, o pymes. 

En este trabajo, hecho de manera independiente, pero financiado por la , encontramos que en nuestro país la palabra ‘empresario’ trae consigo una paradoja, pues todos quieren serlo, muchos lo son, solo algunos son llamados así y pocos se autodenominan de esa forma. Ello porque la palabra ha sido usada básicamente para designar a los dirigentes de grandes empresas y, de manera paralela, a aquellos de pequeñas o medianas empresas, pero de alta posición social. Se llama empresario, entonces, el dueño de la gran fábrica de ropa y también el joven de clase alta tradicional que tiene un pequeño restaurante gourmet. Por el contrario, aquel que tiene un negocio mediano o pequeño, sobre todo si es de las clases emergentes, es llamado, en el mejor de los casos, micro o mediano empresario. 

Eso no sería problema si se tratara de dos ocupaciones distintas y merecieran por tanto nombres diferentes. No es lo mismo un tigre que un gato, dijimos arriba. Pero resulta que los directivos de empresas, grandes, medianas o pequeñas, son y se sienten tigres, solo que unos tienen territorios más grandes que otros. Un tigre de territorio chico no es un gato, y más aun, con frecuencia, necesita más habilidades para cazar que el tigre de territorio mayor. No solo decimos mal cuando lo llamamos microempresario (o ‘microtigre’), sino que deberíamos llamarlo, en el peor de los casos, empresario de empresa mediana.

Por eso no debe sorprender que solo 1% de los dirigentes de empresas medianas y pequeñas estudiadas en Lima, Chiclayo y Arequipa se autodenomine empresario, pero que cerca de la mitad se reconoce como tal, y la mayoría desearía que lo llamen así. Y ese deseo surge porque la palabra, tanto para los propios dirigentes como para el público en general, tiene connotaciones sumamente positivas como las de ser generadores de empleo, tener liderazgo, ser exitosos y, agradable sorpresa, ser formales. Incluso frente a la connotación peyorativa que alguna vez le dieron, o le dan, a esta denominación algunos activistas sociales y políticos, nuestro estudio encuentra muy pocas referencias negativas hacia el término ‘empresario’, tanto en dirigentes como en el público amplio. Quizá porque en su gran mayoría –en este país que tiene una de las más altas tasas de emprendimiento mundial– todos aspiramos a serlo.

¿Qué aplicaciones prácticas tiene este hallazgo? Creemos que muchas, aunque conviene remarcar dos de ellas. En primer lugar, le quita a la palabra ‘empresario’, generador de empleo y de riqueza, el peso negativo que creíamos que tenía, y por lo tanto lo hace deseable. Ser empresario es bueno y no debe ocultarse. En segundo lugar, invita a unir fuerzas entre dirigentes de empresas grandes y chicas, tigres de territorios de distinto tamaño, pero tigres al fin, que hoy no se reconocen como aliados en gran parte por la denominación usada. 

Si la palabra ‘empresario’ ha servido durante mucho tiempo para separar, ahora debe servir para unir.