¿Giro a la derecha en Chile?, por Carlos Meléndez
¿Giro a la derecha en Chile?, por Carlos Meléndez

Las elecciones municipales del domingo pasado en Chile gatillaron el inicio de la campaña presidencial del próximo año. A pesar del histórico ausentismo –solo el 35% de los chilenos acudió a las urnas–, el ex presidente y potencial candidato por Chile Vamos, Sebastián Piñera, dio un discurso celebratorio. Motivos aparentes había. La derecha se alzó con la victoria en simbólicas comunas: ganó Santiago Centro, recuperó la mesocrática Providencia y se asentó en el popular Puente Alto.

En cambio, en las tiendas oficialistas, otro ex presidente y precandidato presidencial, Ricardo Lagos, ponía paños fríos a la derrota sin disimular la decepción. La Nueva Mayoría inculpa a la impopularidad del gobierno de Bachelet y sufre golpes por izquierda y por derecha. De un lado, es testigo de la irrupción de un progresismo ‘millennial’ con Gabriel Boric y Jorge Sharp a la cabeza de Izquierda Autónoma. Del otro, soporta la amenaza de separación de la Democracia Cristiana. Es decir, un verdadero “pan con reineta”.

Piñera ha sabido convertir una magra victoria en un golpe anímico. Se erige como el indiscutible presidenciable de la derecha (nadie recordó a su retador Ossandón el domingo pasado) y ha demostrado que su liderazgo en este lado del espectro político sigue vigente. Pero el exceso de confianza corre el riesgo de invisibilizar problemas estructurales de las élites políticas chilenas: su incapacidad para representar demandas sociales movilizadas. ¿Qué puede ofrecer Piñera a las calles que claman “No + AFP”, reforma educacional y proceso constituyente?

La derecha podría capitalizar el descontento moderado y el antibacheletismo que aún vota por el “duopolio” –como los contestatarios llaman a la sucesión de gobiernos de la Concertación y la Alianza–, pero le sería difícil frenar la ola generacional de indignación que persigue cambios radicales. Indignación que viene acumulando sucesivas pequeñas victorias (como el triunfo de Sharp en Valparaíso). Recordemos que estamos ante una derecha sin autocrítica, cuyos ideólogos siguen pensando que “el problema no es la desigualdad, sino la envidia” (sic).

La perspectiva de retorno de Piñera a La Moneda pende del demérito e inmadurez de sus rivales, más que de fortalezas propias. La Nueva Mayoría insiste en fórmulas fallidas, lanzando a ex presidentes asociados al ‘establishment’ en decadencia. La desastrosa campaña electoral de Eduardo Frei en el 2009 amenaza repetirse con Ricardo Lagos en el 2017. La candidatura del periodista Alejandro Guillier se atrinchera en que su reconocimiento público prenderá por ósmosis entre el electorado desafecto.

Los esfuerzos de confluencia de la izquierda ‘millennial’ están en pañales. El ex contestatario Marco Enríquez-Ominami sufre de envejecimiento prematuro y ya es percibido como uno más del “duopolio” que criticaba. La posibilidad de un ‘outsider’ populista solo prendería en una porción minoritaria del electorado (alrededor del 10%, según estudios). Por ahora, Piñera es tuerto en reino de ciegos. Su relativa fortaleza no debería interpretarse como un giro a la derecha, sino como la prolongación de la agonía de toda una clase política.