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La guerra contra el progreso, por Marco Sifuentes

"Mucha gente ha decidido no creer en la evidencia".

Marco Sifuentes Periodista

La guerra contra el progreso, por Marco Sifuentes

La guerra contra el progreso, por Marco Sifuentes

Que levanten la mano todos los que crean que el Banco Mundial es una institución marxista/socialista/feminazi/gay. Todos los que levantaron su manito pueden regresar a la marcha de #ConMisHijosNoTeMetas, de preferencia con camisa de fuerza. El resto, siga leyendo.

Cada año, el Banco Mundial publica los Indicadores del Desarrollo Mundial, más de 1.400 criterios cuantificables que ayudan a definir el progreso de cada país. Y no, no se fijan solo en el crecimiento económico. Voy a mencionar algunos: promover la igualdad de géneros (sí, usa la palabrita), lograr la sostenibilidad del medio ambiente, garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, etcétera.

Todo esto parece muy obvio. Y debería serlo. Nadie, en teoría, a estas alturas del siglo XXI, quiere incentivar la ignorancia o que exista la desigualdad o que el planeta se destruya. Parece innecesario explicar que el desarrollo no solo se logra con dinero.

Pero lo real es que mucha gente ha decidido no creer en la evidencia. Y, en todo el mundo, esa gente está accediendo a una representación política importante. Ya saben de qué hablo: Trump, Le Pen, Fujimori. No solo desprecian estas ideas sino que, abiertamente, las combaten.  

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Un escenario de combate es el ecológico. La minería ilegal, por ejemplo, deforesta un promedio de 3.000 hectáreas de selva amazónica al año. Las fotos satelitales son devastadoras. Sin embargo, la fujimorista Aramayo presentó un proyecto que los beneficia. No olvidemos que la misma candidata Fujimori, en la campaña anterior, firmó un compromiso con mineros ilegales. Otro congresista de su bancada vinculado a ese siniestro sector es Modesto Figueroa, que, por cierto –como Aramayo–, también ha presentado un proyecto de ley para ajustar a los medios de comunicación.

La renuncia, esta semana, de Gisella Orjeda del Concytec es una batalla ganada por ese bando. Retrocedamos un poco: Úrsula Letona –la del dúo dinámico con Aramayo– presentó el año pasado un proyecto para que sea el Congreso quien nombre al presidente de Concytec. ¿Y quién tiene mayoría en el Congreso? La misma mayoría que ha estado –en la Comisión de Fiscalización, por ejemplo– hostilizando a Orjeda.

Hay muchas razones para lamentar su salida, pero el tema de fondo es el siguiente: la presidencia de Concytec tiene, por ley, un asiento en el Consejo Directivo de la Sunedu, la entidad encargada de fiscalizar a todas esas universidades de medio pelo cuyo lobby consiguió la destitución de Jaime Saavedra (el cual, no tan casualmente, ahora es jefe de Educación del Banco Mundial).

Keiko Fujimori debe creer que la trumpinización del fujimorismo es un método efectivo para acumular caudal electoral. Quizás lo sea (o quizás no: demasiado polarizante). Pero hay algo que a estas alturas es innegable: que cada una de sus victorias es una derrota del país desarrollado que todos –bueno, algunos– queremos.

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