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Así que nos hundimos, por Gustavo Rodríguez

“Recuerdo a mi padre rematar su farmacia para vender dólares, a mi madre sufrir la vergüenza de verse desalojada, a mis amigos irse para vivir como ilegales”.

Gustavo Rodríguez Escritor y comunicador

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"Y ahora que en este país exagerado [...] un chico me dice que está pensando irse por lo feas que están las noticias, me aguanto la cachetada, respiro hondo". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Recuerdo a mi madre, yo muy pequeño, decir que “mañana empieza la veda” y a mi abuela comentar con amargura que solo los militares comerán carne; recuerdo a mi padre venir de su farmacia con la noticia en la boca, “a que no saben lo que está pasando en Lima: arrancó la huelga policial y están saqueando la ciudad, hay muchos muertos”; recuerdo la noticia en blanco y negro en el televisor a tubos y mis pasos rumbo al dormitorio principal: “¿papá, qué es derrocar?”, “¿por qué dices eso?”, “porque dicen que han derrocado al presidente”.

Recuerdo la Asamblea Constituyente y la elección de Belaunde, un paréntesis de esperanza antes de volver al desánimo, las fotos de perros colgando de postes y las primeras pintas senderistas; recuerdo los apagones antes de que el terrorismo dinamitara torres eléctricas y recuerdo más las tinieblas que llegaron después, estudiar con velas y salir de noche con un trapo blanco para que no te baleen.

Recuerdo el espanto cuando ocho periodistas, un guía y un comunero fueron asesinados en Uchuraccay al ser confundidos con terroristas; cuando Lucanamarca fue arrasada por Sendero Luminoso y cómo Lima retiró la vista de nuestros compatriotas entre dos fuegos; recuerdo las 15 horas que vimos horrorizados en nuestros televisores cómo unos presos acuchillaban, disparaban y quemaban vivos a sus rehenes en El Sexto; recuerdo un segundo e ingenuo paréntesis de esperanza cuando un joven candidato del Apra subyugaba con sus discursos gallardos, mi adolescencia a la expectativa y el desmoronamiento que siguió; recuerdo a mi padre rematar su farmacia para vender dólares, a mi madre sufrir la vergüenza de verse desalojada, a mis amigos irse para vivir como ilegales.

Recuerdo El Frontón bombardeado sin piedad, el martes negro en que volaron diez torres eléctricas, colapsó La Atarjea y el ministro Salinas dio por televisión “el paquetazo” que nos estrujó más; recuerdo el agua con caca en las cañerías y a mi empleador pagándome parte del sueldo con botellas de aceite; recuerdo cuando escribía los anuncios de un banco con sus tasas de interés y cómo aumentábamos la cifra cada par de horas.

Recuerdo al presidente pretendiendo nacionalizar los ahorros y la revuelta que siguió; recuerdo los secuestros y asesinatos del MRTA a plena luz del día y también el obsceno túnel por el que escapó su cabecilla en contubernio con el poder; recuerdo el desamparo que llevó a una mayoría a votar por un japonesito que se promocionaba en tractor; recuerdo las explosiones ya en la Lima blanca, a un amigo encontrando una oreja camino de su colegio y, tras la bomba de Tarata, a mi hermano yendo a reconocer un pedazo de su mejor amigo; recuerdo las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, a otro ministro diciendo en la tele que Dios nos ampare y nuestro posterior ascenso económico, a la Embajada de Japón siendo secuestrada, la vergüenza nauseabunda de los ‘vladivideos’, la renuncia por fax del presidente del tractor.

Y ahora que en este país exagerado, donde los moderados son tratados de comunistas, un chico me dice que está pensando irse por lo feas que están las noticias, me aguanto la cachetada, respiro hondo, y le señalo la perspectiva que le falta, la tendencia a largo plazo, los estancamientos temporales que vienen con toda transformación.

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