Tampoco, tampoco (II), por Carlos Meléndez
Tampoco, tampoco (II), por Carlos Meléndez
Carlos Meléndez

Politólogo

Fuerza Popular es un partido de masas en construcción, altamente personalista y de expansiva penetración en el territorio. La geografía de su voto –2006 y 2011– refleja el trabajo de su lideresa, pero también sus obstáculos: provinciano prosistema, marginal incrédulo pero no rebelde. Se ha ganado al otrora pueblo aprista y al humalista converso (vía la informalidad). Su delgada ideología política (no necesariamente económica) es el populismo, ese atajo discursivo que esquiva las definiciones izquierda-derecha para posicionarse entre ‘los de abajo’.

Keiko Fujimori priorizó la búsqueda de representación sobre la garantía de gobernabilidad. Materia prima existe: masas no incorporadas al modelo en un contexto de crisis de representación endémica. La forma empleada para construir esa representación revela otro elemento del ADN fujimorista: el populismo político. Su fórmula es clásica: atraer a las masas a través de un liderazgo personalista –¿sin sucesión?– que activa un discurso ‘anti-establishment’ –los marginales versus los poderosos– y que se expresa a través del despliegue de su componente simbólico –la búsqueda del Perú profundo–. Vea las imágenes de campaña y encontrará que Keiko Fujimori –en términos de movilización de masas– es un ‘remake’ de su padre. Solo le falta el tractor.

Mientras varios de mis colegas aguardaban el advenimiento de un Rafael Correa peruano, se iba gestando en sus narices el enraizamiento del proyecto populista más ambicioso de las últimas décadas. Sin embargo, en la promesa de relación directa entre el líder y las masas, Keiko Fujimori cae en desatinos elocuentes. El espejismo del dirigente social representativo la traiciona y la obliga a asumir los costos políticos de la foto con compañías ‘incorrectas’: un pastor homofóbico, un minero informal-ilegal, un sindicalista corrompido. Practicar la representación populista de una sociedad civil atomizada, sin organizaciones intermedias, es un arma de doble filo. La añorada institucionalización de Fuerza Popular se escabulle así del horizonte.

Un partido institucionalizado –y no populista– requiere, además, materia gris. La tarea de la cimentación partidaria no está completa si no se recluta a la tecnocracia necesaria. En esta dimensión, Fujimori ha sido menos exitosa. Ya sea por el rechazo que aún provoca el fujimorismo para técnicos de envergadura o por una excesiva confianza en que “los técnicos se alquilan”, la calidad de sus tecnócratas es su talón de Aquiles. En cualquier caso, revela la incapacidad del fujimorismo para atraer a cuadros capaces de convertir la promesa populista en ‘policies’.  Ello arriesga la oportunidad de cerrar el círculo del ofrecimiento de representación. Es ahí donde más hiere el antifujimorismo; con su poder de veto estigmatiza a quien ose cruzar hacia el campo naranja. Elmer Cuba es una excepción, Hernando de Soto un refrito y los demás, quizás, llegan tarde.

Así, el producto principal del fujimorismo de Keiko –Fuerza Popular– nos revela sus serias limitaciones. Su naturaleza populista la hace prescindir de dos pilares fundamentales: organizaciones intermedias (que son reemplazadas provisionalmente por dirigencias erróneas) y equipo tecnocrático (sin un norte programático que garantice gobernabilidad). No se deje impresionar por quienes exageran la solidez orgánica del fujimorismo. Tampoco, tampoco.