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La izquierda no quiere gobernar, por Fernando Vivas

Si Tierra y Libertad y la propia Verónika se ecualizan, podrían confluir con otros grupos de izquierda y dar mejor batalla.

Fernando Vivas Periodista

La izquierda no quiere gobernar, por Fernando Vivas

La izquierda no quiere gobernar, por Fernando Vivas

No quiere gobernar porque, en buena parte, quiere hacer la revolución. He ahí el pequeño gran detalle. Y como no puede hacerla porque carece de bases, de recursos, de ‘condiciones estructurales y superestructurales’, entonces se contenta con joder al sistema. A paralizar grandes proyectos mineros se ha dicho, a excluirlos de la zonificación territorial, a fiscalizar todo al dedillo, a regular hasta lo que no existe.

La izquierda no se está formando para gobernar. Al menos, no lo hizo la de mi generación, aquella con la que estudié y con la que en algún momento me identifiqué. Estudiábamos Ciencias Sociales con más rollo teórico que práctico, debatiendo la continuidad de los modelos y el poder corrosivo de sus contradicciones internas. Asumo que, para una izquierda pacífica, era una manera de apostar a que el sistema se cayera solo, sin demandar mucho esfuerzo, mientras los cuadros hibernaban en las ONG. 

¡Ah, cómo le hacen honor a su nombre las ONG! Salvo honrosas excepciones, el izquierdista de ONG es un ciudadano ‘no gubernamental’, no hecho para gobernar, sino para hacer diagnósticos y evaluaciones. De ahí que, a la hora de postular, sus planes de gobierno sean farragosos y pretenciosos. Y a la hora de ganar curules o gobiernos locales, su estilo sea lírico y poco eficiente.

Ahora, la izquierda tiene un nuevo sueño de unidad. Para mi gusto, fue una ocurrencia voluntarista e ingenua que el Frente Amplio llamara a elecciones abiertas. Pero, por suerte, ganó Verónika Mendoza, la más popular para los izquierdistas no partidarizados. Marco Arana, el dueño de la inscripción ante el JNE, se replegó humildemente junto a su aparato de Tierra y Libertad (TyL). Si Arana persistía, el proceso se venía abajo. Verónika tiene apenas 1,9% en la encuesta de CPI publicada ayer, pero puede pescar emotivamente en ese difuso electorado juvenil, ‘pulpín’ rebelde antisistema sin causa.

En términos estrictos de aura electoral, es una buena candidata: joven congresista opositora que puede buscarle el pleito generacional a Keiko y contar la historia de su madre mochilera y su padre campesino. Pero políticamente tiene demasiadas ataduras: TyL es un partido en extremo ideologizado y le pondrá trabas cuando todo le aconseje virar al centro y declararse ambientalista ‘ma non troppo’ (pero no demasiado) y pro inversión en el fondo de su corazón rojo. 

No solo TyL la ata, ella misma se ha infligido otras ataduras cuando se resiste a calificar al régimen de Maduro como antidemocrático. Ese freno no viene de TyL, para quienes el chavismo fue un extractivismo más (en su caso, petrolero). Le viene de su propia superficial categorización de los procesos sociales, que puede confundir el clientelismo venezolano con socialismo de nuevo cuño. Le viene de sus amigos de Sembrar y del Movimiento por el Poder Popular (MPP), que tienen respuestas duras y radicales a temas complejos.

Si TyL y la propia Verónika se ecualizan electoralmente, como hizo el humalismo en el que militó, podrían confluir con otros grupos de izquierda y dar mejor batalla. Hablar de los grandes temas de gobierno sin notita ideológica a pie de página ni lamento histórico que regresione hasta la Colonia. Como la izquierda de Chile o Brasil que ya son gobierno. En fin, la izquierda también nos va a entretener y dar algunas sorpresas en la campaña que se nos viene.

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