“Las asociaciones empiezan a convertirse en insistencias incómodas, una demostración de que, en 100 años, los problemas, expectativas, afectos y deseos de nuestra sociedad siguen igualmente desatendidos”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“Las asociaciones empiezan a convertirse en insistencias incómodas, una demostración de que, en 100 años, los problemas, expectativas, afectos y deseos de nuestra sociedad siguen igualmente desatendidos”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
Enrique Planas

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Visitar galerías sin público es uno de los extraños privilegios de un periodista cultural: recorrer una sala sin distracciones, en completo recogimiento. Esta vez se trata de la muestra , abierta en el Centro Cultural Inca Garcilaso. Se trata de una exposición que recoge 100 años de fotografía peruana, y el título me lleva a la fácil búsqueda de imágenes icónicas y seguras a las que aferrarme. Es la tentación del álbum de figuritas, la natural sensación de reconocer aquello que uno sabe y sentirse vanamente satisfecho.

Sin embargo, el silencioso vacío permite reposar la visión y el concepto tras las imágenes se clarifica. Los curadores de la muestra, Jorge Villacorta y Carlo Trivelli, han propuesto algo mucho más interesante que listar fotografías históricas a cuenta de su popularidad. Su selección busca el diálogo entre ellas, ecos que superen el tiempo para multiplicar su sentido. Así, una turba mostrando el busto decapitado del presidente Leguía en 1930 se enlaza con las marchas contra , un indómito inca liderando la multitud de hinchas en la Plaza Roja de Moscú se relaciona con el primer Inti Raymi en 1944. La historia oficial se vincula con la íntima, los grandes hitos nacionales recargan su sentido gracias al detalle de narrativas más subjetivas.

Una imagen vale mil palabras, dice el lugar común. Y quizás valga aun más si se trata de una imagen poética (una imagen poética es siempre una traslación de sentido). Poco a poco, el juego de establecer relaciones, a veces formales, a veces temáticas, va retorciéndose: miro la centenaria imagen del Balcón de Huaura registrada por el viajero japonés Rikio Sugano, tan abandonado como se encuentra hoy. El atentado en Tarata se desdobla en imágenes de la misma calle, reconstruida y vacía años después. La deriva luego a la postal de su apacible paisaje, ya silencioso. Las asociaciones empiezan a convertirse en insistencias incómodas, una demostración de que, en 100 años, los problemas, expectativas, afectos y deseos de nuestra sociedad siguen igualmente desatendidos. Hay circunstancias que solo podemos entender desde las verdades poéticas, cuando la poesía (en este caso, la fotografía) es una forma de conocimiento.

Pero de todo ese revelador diálogo, quizás el más conmovedor resulte el que establecen, con 55 años de distancia, los fotógrafos y Vera Lenz. La primera imagen, “Campesinos en el juzgado”, fue tomada en el Cusco, en 1929. La segunda, “Acusados de asesinatos de periodistas”, en Ayacucho, en 1984, dos años después de . En ambas, se percibe el mismo desconcierto de los procesados, la distancia de los jueces, el aislamiento y la repetida inopia. Allí están sus protagonistas, mirándonos, escrutándonos, repitiéndose.