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Soy muchacho provinciano, por Gustavo Rodríguez

El discurso de homenaje al migrante trabajador puede estar llegando a un punto de desgaste.

Soy muchacho provinciano, por Gustavo Rodríguez

Soy muchacho provinciano, por Gustavo Rodríguez

Ayer apareció en mi Facebook un video recomendado por varios amigos. Como vi que había sido creado por peruanos muy talentosos, con trabajos de comunicación que han sido premiados en el mundo, la curiosidad me llevó a abrirlo. 

En la primera toma aparecía la cruz del cerro San Cristóbal perfilada sobre Lima, luego del amanecer. Un hombre mestizo maduro, coronado por un sombrero, asciende por el camino que lleva a la cumbre del antiguo apu. Mira la ciudad enorme, respira, y empieza a cantar: “Soy muchacho provinciano, me levanto muy temprano...”. Luego, la letra es entonada por otros personajes en distintas ciudades del Perú y nos damos cuenta de que aquel himno de los migrantes hecho célebre por Chacalón tiene aquí un enfoque optimista que no tenía el original: los nuevos limeños, arequipeños, trujillanos, huancaínos e iquiteños cantan que algo saben de progresar y que ahora tienen una buena vida en sus ciudades. El video es de un banco que financia a pymes y está producido con una calidad que ha hecho entusiasmar a muchos. 

Pero por alguna razón esto no ocurrió conmigo. Debo aclarar que sí me emociona la épica tejida por las millones de historias de quienes dejaron sus terruños para plantar una estera en las periferias de nuestras ciudades. Reconozco, conmovido, que, sin nuestros migrantes y su empeño, la clase media peruana no existiría y que subestimarlos sería como negar a mis padres, que también fueron provincianos y se conocieron en Lima. Pero me aventuro a sostener que el discurso de homenaje al migrante trabajador puede estar llegando a un punto de desgaste. Hace diez años, cuando nuestro país rugía en crecimiento y muchos teníamos la esperanza de que el capital que generábamos iba a financiar verdaderas reformas estructurales, el aplauso a dicha prédica hubiera sido inobjetable. Pero hoy ya no parece suficiente que nuestras imágenes tengan centros comerciales, clubes y motos acuáticas para darnos una esperanza real. Si me pongo en plan de caricaturista, no me extrañaría que los personajes que cantan tan lindo en el video, rodeados de los bienes que han logrado materializar, no estén luego insultando por las redes a ‘Peluchín’ por salir del clóset.

El banco anunciante ha hecho lo que le corresponde –después de todo su trabajo es ofrecer créditos para adquirir valores materiales– y estoy seguro de que su nueva etapa va a ser exitosa. Lo que me preocupa es que, en paralelo, no exista en el Perú una instalación igual de masiva de otros valores que requerimos para ser una sociedad integradora. Curiosamente, el mismo día que vi aquel video en Facebook, había publicado temprano una foto que acababa de tomar. Era una preciosa casa amarilla de techos inclinados, rodeada de vegetación, bajo un cielo con nubes esponjosas. Le puse como leyenda: “¿Miami? No, es Piura: a dos cuadras hay calles sin asfaltar”. Un amigo se enfadó por la crítica a una casa tan bonita en una ciudad de provincia, y otro le encaró por su falta de sensibilidad. Una confrontación típica. En realidad, mi intención no era señalar la casa, sino esa desigualdad que nos rodea y que es el indicador más claro de que nos falta mucho, pero mucho, para el desarrollo. Aplaudir lo que crecimos materialmente, pero enseñar con altura los valores realmente importantes que nos faltan es, tal vez, nuestra mayor tarea pendiente.

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