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Nanas, orden y discriminación; por Fernando Cáceres

“Las nanas entrarían bajo las reglas de los invitados”.

Fernando Cáceres Freyre Analista de políticas públicas

Nana

“La libertad de asociación no es absoluta, y los derechos no desaparecen por el hecho de estar en un club. Ni dentro de una casa”. 

Un mar donde no se pueden bañar, arena que no deben pisar, uniformes (blancos) que deben llevar, un malecón por donde no deben caminar en grupos, etc. Estas y otras cuestionables reglas se exigen a las nanas en varios clubes de nuestra capital, aunque muchas veces no estén escritas.

Así algunos lo olviden, la no discriminación forma parte de ese núcleo duro de derechos humanos de primera generación, que no son negociables. No es válido, por ende, que ante la situación descrita se alegue –como es frecuente en la generación de los ‘baby boomers’– que “este es un club privado, y si las reglas no te gustan, puedes irte”.

¿Pero cuándo es que estamos realmente frente a un caso de discriminación? Las personas se asocian a clubes privados para obtener –para su familia y para sí– una serie de servicios a los que de otra manera no podrían acceder, en un entorno organizado y seguro. La búsqueda de estos espacios es un fin legítimo, pero no puede encerrar una discriminación encubierta.

Ciertas situaciones, como las mencionadas en el primer párrafo, son claramente discriminatorias. La playa es pública. No existe razón objetiva para restringir las caminatas en grupo, y el uniforme obligatorio está prohibido a fin de que no actúe como una especie de letra escarlata (distinto es el deber de proveer ropa adecuada para realizar su labor).

Asimismo, ¿qué pasa con los baños para el personal de servicio? La diferenciación que se hace no responde a problemas de aforo, sino a la premisa racista de que hay gente más sucia que otra. Discriminación pura.

Pero hay casos en los que la restricción al uso de instalaciones puede tener sentido. Si hay bienes o servicios escasos –por ejemplo, canchas o poltronas–, pueden establecerse preferencias de uso para los socios, siempre que esto no signifique obligar a nadie a esperar bajo el sol. Las condiciones mínimas de trabajo tampoco son negociables.

Quizá una manera de evitar que la discriminación se cuele al establecer restricciones razonables en un club sea determinando que las nanas entren bajo las mismas reglas que cualquier invitado (en algunos clubes, por ejemplo, los invitados deben pagar más en temporada alta). Así, el costo extra permite graduar el aforo y la escasez, y evita que alguien proteste por ver que una nana está ocupando una poltrona (seguro para cuidar niños).

La discriminación destruye la construcción de un proyecto país, aunque tengo la percepción de que las nuevas generaciones son menos tolerantes hacia permitirla y practicarla (así ocurre en Estados Unidos: PEW, 2017). La libertad de asociación no es absoluta, y los derechos no desaparecen por el hecho de estar en un club. Ni dentro de una casa.

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