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Papá no lo sabe todo, Patricia del Río

“Ellos eran los que trabajaban hasta tarde, los héroes de la economía doméstica”.

Patricia del Río Periodista

Día del Padre: Cinco razones para viajar con papá

Es casi seguro que tu papá haya realizado más viajes que tú y, por lo tanto, conozca muchos más destinos turísticos. Estando con él tendrás un guía las 24 horas. (Foto: Pixabay)

En casa, los niños esperábamos nuestro turno de entrar a la ducha viendo todas las tardes la misma oferta pobre, pero honrada, de la televisión peruana. No eran tiempos de pantalla plana y el control remoto tenía forma de hermano menor. En mis recuerdos más tempranos está Jim Anderson, un padre de familia amoroso que resolvía los problemas de sus adorados hijos Bethy, Bud y Kathy, que lo miraban como un sabio griego, porque esas eran épocas de “Papá lo sabe todo”. Después llegó Charles Ingalls con su casa en la pradera, su bella Caroline y sus tres adorables hijas. No conozco a una sola niña de mi generación que no amara al carismático Charles, todas soñábamos con ser Laura para que nos salvara de Nelly Olson, algo así como la fundadora del ‘bullyng’ mundial.

No sé en qué momento la cosa se fue descomponiendo, pero cuando apareció Herman Monster no solo era un poco torpe y tontón, sino que tenía que soportar las eternas burlas de su suegro que lo lorneaba todos los capítulos. Con la llegada del control remoto, la pantalla ya empezaba a plagarse de padres, digamos, diferentes. En “Quién manda a quién”, Tony Danza hacía de mucamo mientras la ejecutiva Ángela paraba la olla. El fracasado Al Bundy, en cambio, se rascaba las pelotas en un sofá atrapado en un horrendo matrimonio con hijos en el que no quería estar. Para coronar la torta, llegó Homero Simpson, el padre al que se le ve la raya del culo, al que se le hace globo de moco cuando duerme y que tiene el apetito, y el razonamiento, de un adolescente con acné.

Hablamos hasta el cansancio del nuevo rol que cumplen las mujeres cada vez más empoderadas; pero poco decimos de los superpadres que ya no son tan súper. Ellos eran los que trabajaban hasta tarde, los héroes de la economía doméstica, los sabios que llegaban a casa a poner orden. Pero reconozcámoslo, ya las mujeres les han robado parte de ese rol protagónico. ¿Y qué les ha quedado? Si los pobres sugieren que “ayudan en casa”, los corregimos diciéndoles que “hacen su parte”, pero si después traen al niño todo vomitado, los tildamos de inútiles. Les pedimos que sean más abiertos con sus sentimientos, pero como a ellos los crio un papá que lo sabía todo, no saben por dónde empezar. Están tratando de ser amorosos con sus hijos, pero les cuesta porque a muchos les inculcaron que si besaban mucho a sus críos se les volverían mariconcitos.

No quieren ser los malos de la casa, pero tampoco saben muy bien cómo ser los buenos, los vulnerables, los que tienen que decir “te quiero” o “la cagué”. La tienen difícil los padres de hoy, pero ahí los vemos en los parques, en las reuniones del colegio, en el pediatra, haciendo su mejor esfuerzo, redefiniendo ellos mismos sus roles. Tratando de ser papás más frágiles, más reales. A todos esos nuevos superhéroes que hoy lidian con el pañal con caca y llevan a la niña a la clase de ballet… gracias. Y que pasen un superdía del nuevo padre el domingo.

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