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La pesadilla informal, por Carlos Meléndez

“Gobernar no solo consiste en destrabar proyectos, sino también en organizar a una sociedad”.

Carlos Meléndez Politólogo

PPK

“Las falencias del gobierno ppkausa no radican en subestimar el caso de Lava Jato o la emergencia de El Niño costero, sino en ignorar nuestra pesadilla informal”. (Foto: Presidencia del Perú).

Cuando el presidente Kuczynski despertó del sueño republicano, la informalidad seguía ahí. En un año, el glosario presidencial ha adoptado –finalmente– referencias a la desorganización de nuestra sociedad. El optimismo OCDE nos impide aceptar que somos un país de informales, no de ciudadanos republicanos. Informalidad para los de arriba (las adendas); informalidad para los de abajo (Las Malvinas). La primera trae suculentos negocios –en perjuicio del Estado– para quienes pertenecen al entorno lobbista; la segunda provoca tragedias en las que perdemos todos. El tenor de la autocrítica presidencial fue correcto, pero la dirección esquiva el problema de fondo. Las falencias del gobierno ppkausa no radican en subestimar el caso de Lava Jato o la emergencia de El Niño costero, sino en ignorar nuestra pesadilla informal.

Al tecnócrata de las finanzas, la sociedad se le escurre de las manos. El presidente Kuczynski puede ponerle una cifra a su promesa económica (“Vamos a crecer al 4% en el 2018”) o a su palabra de “revolución social” (La pobreza va a bajar al 15% en el 2021), pero ni se inmuta ante la informalidad. Ensaya proyectos de ley sobre el control de las condiciones laborales o para ordenar el transporte en la capital solo para confirmar la enorme distancia que separa al tecnócrata del estadista. La suma de iniciativas legislativas no suman una reforma urgente, postergada por la ignorancia antes que por la voluntad de quienes nos dirigen. Estamos ante la constatación de que gobernar no solo consiste en destrabar proyectos de inversión, sino también en organizar a una sociedad cuyo orden colapsa en medio de incendios y accidentes de tránsito.

Abocarse a lidiar con la informalidad también le permitirá al presidente Kuczynski bajar al llano. No solo en materia de empatía, sino también de comprensión del drama cotidiano. ¿Ha estado alguna vez el presidente en transporte público en la plaza Unión a las 7 de la noche? ¿Sabe qué exigen los agentes municipales a quienes ‘emprenden’ sus negocios en las galerías de la avenida Argentina? Hay una distancia social que puede atenuarse si la tecnocracia ppkausa toma en serio el ordenamiento de licencias municipales, condiciones laborales, transporte público y microempresa. El discurso de ayer ha traslucido una consciencia –al menos remota– de la relevancia de este problema, un primer paso que se hacía necesario hace –al menos– un par de gobiernos.

La informalidad –como valor de nuestra cultura política– se ha convertido en el principal obstáculo para nuestra convivencia: agudiza el individualismo, socava las instituciones y crece de la mano del PBI. Vamos a llegar al tan mentado bicentenario –como reza el argot futbolero– con una suma de individualidades, no como un colectivo. No es posible construir una narrativa de país –ni mucho menos “retomar el camino del progreso”– si no se busca la integración política y social. El diálogo de las élites abonan hacia lo primero; comprender la sociedad es el primer paso para lo segundo. Al final de su primer año, el presidente Kuczynski nos ha ofrecido un diagnóstico realista del país; todavía no nos ha propuesto soluciones

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