La pinta y la niña, por Patricia del Río
La pinta y la niña, por Patricia del Río

Hagan el experimento. Si se encuentran con un niño de 2 o 3 años, piropéenle sus zapatos y verán qué felices se ponen. ¿Por qué? Nunca he encontrado explicaciones muy convincentes al respecto, pero les aseguro que la criatura en cuestión les regalará su mejor sonrisa y desfilará un poco para demostrarles no solo que tiene lindos zapatos sino que sabe lucirlos.

La primera vez que fui completamente consciente de este fenómeno fue cuando le regalé a mi ahijada Nua sus zapatos para el bautismo. La enana tenía poco más de 1 año y yo le llevé sus primeros zapatos blancos elegantes. No se los quitó más. Torturó a sus padres en un viaje a España donde caminaba pésimo resbalándose por todas las esquinas. Años después cuando mi hijo Adriano aprendió a caminar y lo llevé a comprar su primer par de zapatos, se atravesó corriendo toda la tienda y escogió un par de zapatillas azulinas con naranja. Había escogido las más lindas (y también las más caras) y no hubo forma de convencerlo para que se probara otro par. Cuando finalmente se las compré, se las puso y se la pasó todo el trayecto hacia la calle mostrándole sus tabas a quien quisiera verlo. 

He pensado muchas veces en este fenómeno y creo que este rasgo está relacionado con la conquista del espacio que significa, literalmente, aprender a caminar. Los niños aman los zapatos porque al usarlos se acercan más a su condición de personitas, porque al andar sobre sus dos pies se dan cuenta de que son más parientes de esa señora que antes los cargaba, que de ese perro que hasta hace un mes gateaba a su lado. 

Para los niños, entonces, los zapatos son ese accesorio que empieza a definirlos como seres humanos; pero con el tiempo pueden convertirse también en un signo de estatus, de identidad. Así, la pobreza camina descalza, la salud en zapatillas deportivas, la dejadez en crocs, los que viven al día en zapato sintético chino, los millonarios en zapatos de diseño. Para los más grandes, los zapatos pueden ser muy importantes en nuestras vidas pero no nos definen. O no debieran hacerlo; porque se supone que deberíamos haber sido capaces de construir una identidad que descanse sobre pilares más firmes que un buen par de estilizados Louboutin suela roja.

Pero no siempre es así, y en épocas en que no paramos de analizar los gastos y los gustos de la primera dama, no puedo dejar de pensar en los riesgos que implica construir nuestra identidad sobre bases tan endebles. Sobre lujos que no podemos pagar con nuestros ingresos, sobre la eterna necesidad de aparentar lo que no somos, que tanto daño le hace a tanta gente. Más allá de cuáles sean los delitos que cometió la primera dama (si es que realmente cometió alguno), lo que ha molestado a muchos peruanos es no reconocer en esa señora que hace compras caras en el extranjero a la mujer joven y sencilla que llegó a en el año 2011. No encontrar en ese hombre furioso que sale a defender gastos por más de 200 dólares en chocolates al candidato que juró hacer las cosas distintas. No entender por qué las finanzas de la señora , sus ingresos y sus gastos, tienen que ser tan raros, tan poco transparentes, tan torpes.

La señora Heredia ya no es una niña que necesita zapatos nuevos para sentirse segura. Pero el Perú sigue siendo un país que necesita gobernantes serios y honestos para salir adelante.