PPK, el Mujica pituco, por Fernando Vivas
PPK, el Mujica pituco, por Fernando Vivas
Fernando Vivas

Columnista, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

Funciona. El chongo es empático. Ofende a minorías retrecheras pero arroba a las mayorías. Es la mejor arma, para un presidente que no las tiene consigo en el Congreso ni en sus indisciplinadas filas, de ganarse a la ‘calle’, ese gran concepto que tiene más jale, porque abarca y no aprieta, que el manoseado ‘pueblo’ de la izquierda y de Fuerza Popular.

Hugo Otero, hablando de PPK, me decía que el humor desinflama. Y como los políticos son hinchapelotas, el cambio es refrescante. Es más notorio que los reajustes de prioridades en el presupuesto y en el pedido de facultades (ampliar el déficit y endeudarnos en pro del agua para todos, promesas de aumentos a maestros, reforma tributaria para que ricos paguen más) que el primer ministro Fernando Zavala y el ministro Alfredo Thorne ponen de ejemplos para asegurar que no son ortodoxos de derecha sino liberales de centro. PPK piensa igual.

Nuestro Mujica no tiene, por pituco, el aura de humildad que ilumina al uruguayo cuando pasea en su Volkswagen setentero. Pero luce tan natural en sus exabruptos, en sus carcajadas, y en los bailecitos con los que trata de decirnos que, hasta ahora, las cosas están saliendo como esperaba; que se le perdona todo con más facilidad que a otros. 

Mejor un presidente que nos cague de risa a otro que nos mate de angustia. Ayer nomás, en Beijing, dijo “la China me trata bien” y lanzó una risita de doble sentido, aludiendo a la otra ‘China’, la que está masticando en silencio el pedido de facultades. Nuestro cruce de Fernando Belaunde con la Gringa Inga (la chapa es de un funcionario cuyo nombre no debo revelar) no solo abre trocha a nivel nacional, también nos reafirma en un mundo donde los presidentes compiten por humanizarse.

Por supuesto, la risa no dura para siempre, los chistes son picos sobre una meseta por ahora elevada, pero el descenso puede venir muy pronto, con una retahíla de conflictos regionales, episodios de inseguridad o promesas pateadas para adelante. Entonces, la carcajada jubilosa se convertirá en risa nerviosa y defensiva, hasta que probablemente desaparecerá. Y lo que antes era un vacilón –como la foto de la Mesa de Concertación para la Lucha Contra la Pobreza, donde él baja el pulgar y ríe mientras todos lo tienen levantado– será ocurrencia forzada e impertinente.

Pero chistecitos y bailecitos todavía funcionan en esta temporada y en esta legislatura que debe resolver el pedido de facultades. Funcionan aquí y en la China, con Xi Jinping y con Keiko, que no quiere caer pesada a la calle que debe votarla en más del 50% en segunda vuelta (¿o en 40%?, ¿45%?, ¿10% más que el rival?, si apuesta temerariamente a hacerlo en primera vuelta con reformita constitucional mediante).