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Razón antes que pasión, por Juan José Garrido Koechlin

“Romper el statu quo requiere reformas institucionales, tributarias y laborales”.

Juan José Garrido Koechlin Director periodístico de El Comercio

Instituciones peruanas

(Ilustración: Giovanni Tazza).

Ilustración: Giovanni Tazza.

Como bien sostiene el economista español Xavier Sala-i-Martin, no existe la “trampa de los ingresos medios”, sino países que dejan de hacer reformas. No es cierto, es decir, que pasado un umbral de desarrollo las economías se encuentren repentinamente en un valle de estancamiento, sino que pierden el ritmo por dejar de aprobar reformas que promuevan un incremento en la productividad general y que les permitan aprovechar mejor sus recursos.

La hipótesis de la ‘trampa’ se puede evidenciar en una observación realizada en el 2012 por el Banco Mundial. De 101 economías de ‘ingresos medios’ analizadas en 1960, tan solo 13 habían pasado a la categoría ‘ingresos altos’ para el 2008. La del Perú está entre las que se quedaron en el camino.

La explicación sería así: países de ‘ingresos bajos’ pueden volverse competitivos produciendo bienes y servicios intensivos en mano de obra, bajos costos y tecnologías importadas; el incremento en la productividad lleva naturalmente a dicha economía a la categoría ‘ingresos medios’. Para entonces, gran parte de la mano de obra ha transitado de sectores de baja productividad a sectores de media y alta productividad. Culminada esta fase de reasignación, el incremento de los salarios resta competitividad a dichos bienes y servicios en el mercado global, reduciéndose así la tasa de crecimiento de la economía (una mejor explicación puede encontrarse en Agénor y otros, 2012).

Romper el statu quo requiere, entonces, reformas institucionales, tributarias y laborales, entre muchas otras. Todas, o al menos la gran mayoría, necesitan consensos políticos, por lo que la reforma política es fundamental para garantizar a todos los ciudadanos la mejora sistemática de sus ingresos y, por lo tanto, de su calidad de vida. Si no hacemos reformas, profundas e importantes, no creceremos a tasas que permitan acelerar dichas mejoras. Un país que crece al 10% dobla sus ingresos cada 7 años; uno que crece al 7% duplica sus ingresos en 10 años; y si crece al 3%, lo hace en 23 años. Esto es lo que debe tener en cuenta todo aquel que tenga o bien capacidad de influir en las reformas o bien interés en retardarlas.

Ahora bien, ‘reformar’ suena simple. Una sensación agravada por el hecho de que hayamos hecho reformas hace relativamente poco. Bastaría, en esta última línea, que un grupo de técnicos y un líder tomen la decisión. Las reformas pendientes, sin embargo, distan mucho de las realizadas en los noventa y el contexto es diferente. Un grupo de técnicos y un líder ya no son suficientes. Hoy se requieren consensos políticos; el paquete de reformas involucra decisiones muy difíciles de asumir para cualquier actor político. Se precisa, además, un análisis profundo, amplio y multidisciplinario (político, económico, demográfico, urbanístico, social, cultural y así).

Las reformas necesitan, y a gritos, tres cosas fundamentales: liderazgos con capacidad de diálogo y negociación; cabeza fría para estructurar un plan que comprenda las necesidades ciudadanas y los cambios tecnológicos; y, sobre todo, un compromiso con el desarrollo nacional. Las necesidades, en consecuencia, van más allá de lo económico y de lo político.

Ojalá entiendan esto en el Ejecutivo y el Legislativo. De seguir por donde vamos, no solo no habrá reformas, sino ni siquiera el espacio para un debate serio.

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