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Irse con dignidad, por Patricia del Río

“Los suicidas no solo se quitan la vida; deciden la forma como llevarán adelante su cometido”.

Patricia del Río Periodista

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"El martes recordamos el día internacional de la prevención del suicidio. Y fue inevitable evocar a estos genios que después de legarle grandes cosas a la humanidad huyeron de este mundo". (Pixabay)

Decidir irse. Afrontar con terror o con entereza la decisión de abandonar este mundo. Agredirse a uno mismo por desesperación, o por necesidad de ponerle fin a un sufrimiento.

La muerte no tiene explicación, es algo que sucede porque forma parte de nuestro destino, porque nacemos con fecha de expiración. Morir por mano propia sí evoca reflexiones, porque no es la muerte en sí misma la que tratamos de desentrañar, sino la capacidad de determinados seres humanos de esquivar su instinto de vida para buscar alivio, o descanso, o la nada.

Los suicidas no solo se quitan la vida, sino que además deciden la forma como llevarán adelante su cometido. El principal objetivo al elegir el método es no fallar, por supuesto, pero no menos importante es el mensaje que quiere dejarse en el acto mismo.

Ernest Hemingway se disparó en la boca con su escopeta preferida, una Boss calibre 12, y dejó en claro que un hombre como él solo podía vivir y morir a su manera. La poeta estadounidense Sylvia Plath, metió la cabeza en el horno para asfixiarse con el gas. Antes tuvo el cuidado de tapar las rendijas de las puertas para proteger a sus hijos.

Algunos no quisieron irse solos, Stefan Zweig partió con su esposa Lotte. El escritor austríaco se suicidó a los 61 años en Brasil, donde había vivido los últimos años huyendo de la pesadilla nazi. Veronal fue la sustancia que los esposos ingirieron pensando que el triunfo de Hitler era inevitable y que gobernaría el mundo.

Alejandra Pizarnik, poeta argentina, se suicidó a los 36 años. Desde muy joven tuvo serios problemas de autoestima: su sobrepeso, sus problemas a la piel, parecían más importantes para ella que su inmenso talento. Cincuenta barbitúricos fueron su última cena.

Y de nada sirvió que Emilio Salgari escribiera historias de héroes y hombres aguerridos como “Sandokán” o “El corsario negro”. Sus problemas económicos y emocionales lo empujaron a clavarse un cuchillo en el vientre.

En el caso de estos escritores la muerte tuvo un halo de renuncia, de protesta. Hay, sin embargo, otras formas de suicidarse, lentamente, a vista y paciencia de todos, que están motivadas por la desidia, por la flojera de hacer con esta porción de existencia que nos tocó algo que nos trascienda, algo de lo que sentirse orgulloso.

El martes 10 de setiembre recordamos todos el día internacional de la prevención del suicidio. Y fue inevitable evocar a estos genios que después de legarle grandes cosas a la humanidad huyeron de este mundo que les resultaba insoportable. Pero fue también ineludible pensar en nuestros políticos que se aferran a su cargo por capricho, que languidecen ante una ciudadanía que los mira suicidarse todos los días, con actos tan indignos que los someten a una muerte lenta en lugar de optar por una salida decorosa.

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