Telaraña de estafas, por Patricia del Río
Telaraña de estafas, por Patricia del Río
Patricia del Río

Periodista

Primero lo escuchas comentar en una reunión. Luego te contacta una amiga y te dice que tiene una gran propuesta que hacerte: has sido elegida para formar parte de una comunidad especial. Vas a unir tu energía a la de millones de mujeres que tejen el telar de los sueños y que se apoyan entre ellas. Te llega un video (con contraseña porque es solo para los elegidos) en el que te explican que esto es una filosofía ancestral, que viene del África, que llegó a Canadá, que se inspiró en el ejemplo de unos monos que aprendieron a trabajar de manera solidaria y cambiaron su mundo. 

El video y todo el material de inducción vienen cargados de frases hechas, mandalas y una serie de elementos esotéricos. Al final tanta espiritualidad concluye en algo bastante terrenal: tienes que aportar 1.400 dólares a un grupo de mujeres que organizan esta comunidad. Debes, a su vez, contactar a otras dos que aporten también sus 1.400 dólares. La promesa es tentadora: en cuatro semanas recibirás tu primer “regalo” de 11.200 dólares y si sigues aportando dos cuotas más (siempre de 1.400 dólares), para la semana diez habrás recibido 33.600.

Actualmente en Lima la comunidad está en activo movimiento. Mujeres de clase alta, la mayoría con estudios universitarios, se prestan a este perverso juego que lo único que disfraza tras las mandalas, el aire y el fuego es una vulgar pirámide financiera que en algún momento se va a desmoronar (sí, igualito que CLAE). Van a reuniones, captan amigas, convierten a las incrédulas, no dejan que nadie se desanime y así van armando una telaraña de estafas. Van tejiendo una manera fácil de ganar dinero que va a terminar como siempre terminan estas cosas: con un gran grupo de mujeres que no podrán recuperar un sol. Con una gran base que habrá sido timada por una cúpula que se llevó la jugosa suma vendiéndoles aire. Pasándose la plata de mano en mano.

La telaraña de los sueños ya llegó al Perú, tras haber dejado su ola de estafas por países como México, Colombia o España. Y cada vez que escucho un testimonio, cada vez que me entero de alguien que ya se metió, no puedo evitar preguntarme en qué clase de sociedad nos estamos convirtiendo. Qué clase de ceguera puede acompañar a alguien que se mete en un esquema de fraude justificando su conducta con filosofías baratas y cuentos esotéricos. Nada más lejano a la solidaridad se teje en esta actividad que no solo es inmoral, sino también ilegal. Lamento decirles, señoras, que no hay nada elevado en lo que hacen: hay angurria, hay mucho de esa doble moral que justifica lo que le conviene. Hay egoísmo y enormes dosis de frivolidad. Que alguien las pare ya.

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