Se voltean ternos, por Rolando Arellano
Se voltean ternos, por Rolando Arellano
Rolando Arellano C.

Doctor en Administración de Empresas

En la sociedad han existido símbolos que diferenciaban a los estratos sociales, como la propiedad de vivienda, de automóvil o de artefactos eléctricos, o el tener profesionales en la familia. De manera muy reciente esos símbolos han ido democratizándose, y hoy hasta la moda, uno de los de mayor capacidad diferenciadora, comienza también a desdibujarse. 

Hace unos años el tener casa propia era uno de los símbolos que más claramente diferenciaba a quien era exitoso socialmente. Felizmente, con la autoconstrucción y el crédito hipotecario, hoy el “sueño de la casa propia” es una realidad para ricos y para pobres. Y si antes tener refrigerador, teléfono o televisor de 40 pulgadas era un privilegio de los más pudientes, hoy son comunes en millones de casas, en las que a veces la pantalla plana llegó primero que a las clases altas. Y si solo había “doctores” en las casas de alcurnia, hoy encontramos médicos, ingenieros y abogados en todos los grupos sociales. En fin, el auto que antes era garantía de clase, al punto que para muchas jovencitas caracterizaba al poseedor como buen partido, hoy ya no es más el diferenciador social de antaño.

En este camino, donde se ha ido democratizando la sociedad por el lado del consumo y el acceso a bienes y servicios, quedaba aún como gran diferenciador el de la moda en el vestido. Así, aquí y en muchos otros países, la moda mundial de avanzada estaba disponible solamente para los pocos que tenían acceso directo fuera o que disponían de grandes sumas para acudir a las boutiques sumamente exclusivas. En el Perú, el resto de la sociedad debía usar la moda urbana accesible de Gamarra o la no muy variada de las pocas cadenas de grandes almacenes del país.

Pero en estos momentos hasta esa barrera diferenciadora empieza a desmontarse, con la llegada de cadenas de ropa de última moda, con precios más accesibles para todos.

Así cadenas como GAP, Zara y H&M, que hace unos años empezaron la democratización de la moda en Europa y Estados Unidos, están ingresando a nuestro país rompiendo ese baluarte de la diferenciación tradicional de clases. Basta ver la cara de sorpresa y satisfacción de los jóvenes que las visitan para entender el fenómeno.

Por cierto, mucho más interesante que el éxito que puedan tener esas marcas, es que sin duda ellas estimularán a que los productores nacionales y las tiendas actuales también contribuyan a ese movimiento de ampliación de los mercados. 

¿Que ya no habrá formas de diferenciarse socialmente? Por cierto que sí, pero serán cada vez menos evidentes y ojalá comiencen a serlo más por los gustos variados de las personas que por la capacidad de acceso a ellos. Y mejor aun, ojalá pase como en las sociedades más desarrolladas y con menores diferencias sociales, donde la moda accesible a las mayorías genera un movimiento económico que beneficia a todos.

En fin, qué bueno que esa democratización nos aleje más de la época cuando el acceso a la moda era tan diferenciador que las abuelitas llamaban “terno volteado” a quien habiendo usado mucho el único terno que podía costearse, lo llevaba a que “lo voltearan”. Para poner la tela gastada y brillosa adentro, y poder usarlo un tiempo más. Todavía hay sastrerías en el Centro de Lima que tienen un letrerito de “se voltean ternos” por allí.