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Votar por un payaso, por Carlos Meléndez

Candidatos presidenciales exitosos han apelado al carisma anti-establishment.

Carlos Meléndez Politólogo

Votar por un payaso, por Carlos Meléndez

Votar por un payaso, por Carlos Meléndez

La historia arrancaba de manera promisoria: miles de guatemaltecos tomaban las calles en protesta contra una red de corrupción que involucraba al propio presidente Pérez Molina. El rechazo sostenido no cedió hasta que los máximos responsables fueron apresados. “Una victoria de los ciudadanos”, reportaron los optimistas. Poco tiempo después, esa misma ciudadanía eligió un nuevo presidente. Jimmy Morales, humorista, conquistó el 70% de votos en la segunda vuelta. Sin experiencia política, venció a figuras de partidos efímeros de un establishment precario. Hoy, este ‘outsider’ antisistema se apresta a gobernar rodeado por evangélicos, grandes empresarios, tecnócratas de alquiler y militares herederos de una guerra civil sangrienta. ¿Por qué la indignación ciudadana termina siendo representada por un comediante?

Hace unos meses, “Perú21” dedicó varias entrevistas a reputados intelectuales para revisar el eje ideológico izquierda-derecha a fin de entender el posicionamiento de los políticos y el electorado peruanos. Algunos catalogaron esta distinción tradicional como desfasada; otros como insuficiente. Pero ninguno atinó a proponer un eje complementario: el pro/anti-establishment político que separa entre quienes prefieren mantener el statu quo político (la clase política) y quienes apuestan por una alternativa por fuera de la oferta estable (alguien nuevo, mejor si no es político). La conceptualización de este eje complementario permite entender mejor las arenas políticas movedizas.

Cuando la izquierda –que usualmente busca capitalizar el descontento– comparte el desprestigio de toda la clase política, se ensancha el espacio del anti-establishment. No se confunda: lo que muchos analistas perciben como un giro zurdo o una movida hacia el centro (desde la derecha), en realidad puede ser un desplazamiento hacia abajo. Así, quien suene más convincente como retador del establishment (y emplee un discurso populista, como advierte Jaime de Althaus) puede aprovechar mejor la desafección. Sistemas sólidos atraen a ‘outsiders’ por dentro de los propios partidos (Donald Trump, Ben Carson y Carly Fiorina crecen a costa del desprestigio del establishment republicano). Sistemas débiles son más proclives a aventureros: comediantes (Jimmy Morales en Guatemala) o payasos (Beppe Grillo en Italia) debutando en las grandes ligas electorales.

En el Perú, candidatos presidenciales exitosos han apelado al carisma anti-establishment: Alberto Fujimori contra la “partidocracia”, Alejandro Toledo contra “el andamiaje de la dictadura fujimontesinista”, Ollanta Humala y su ‘locumbazo’ (máxima credencial de desprecio antipolítico). Inclusive desde el poder, el nacionalismo insiste en su carta del eterno enfrentamiento. Véase por ejemplo a Nadine Heredia declarando que “hace frente al sistema de partidos” (sic). En ese sentido, Daniel Urresti reunía más condiciones como inquilino del polo rojo: su pugna permanente contra apristas y fujimoristas lo posicionaba como un genuino nacionalista (algo que será más difícil para Milton von Hesse).

¿Quién representa mejor el anti-establishment para el 2016? Keiko Fujimori y César Acuña aparecen, por el momento, apelando a ese espacio con diferente éxito. La primera por herencia y decisión políticas; el segundo por reflejo sociológico. Aunque el fujimorismo pertenece al “elenco estable”, Fujimori busca distanciarse de los símbolos de poder (los empresarios, la élite limeña). Aunque Alianza para el Progreso es el partido regional de mayor proyección, su líder funge de Donald Trump de “raza distinta”. No espere más ‘outsiders’ porque los anti-establishment ya están en el partidor. Nuestro “sistema poscolapso partidario” ya los ha incorporado.

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