El éxito académico suele presentarse como el resultado del esfuerzo individual, donde las calificaciones y los reconocimientos consolidan la idea de quien persevera alcanza sus metas. Sin embargo, esta narrativa, aunque es legítima, no siempre considera las diversas realidades que convergen en las aulas universitarias.
En numerosas instituciones universitarias y técnicas del país, una proporción significativa de estudiantes compatibiliza su formación profesional con las responsabilidades laborales. No se trata de una situación excepcional, sino de una dinámica cada vez más frecuente. Para ellos, las actividades académicas no representan el cierre del día, sino la antesala de sus obligaciones laborales igualmente exigentes.
Esta doble responsabilidad demanda disciplina, compromiso y una gestión eficiente del tiempo, lo cual supone distribuir energías entre las evaluaciones, metas laborales, trabajos académicos y turnos prolongados. A pesar de ello, estos estudiantes cumplen con sus compromisos y son evaluados bajo los mismos estándares que quienes pueden dedicar la totalidad de su tiempo al estudio.
Reconocer el costo invisible detrás del éxito académico no implica relativizar el mérito obtenido, sino entender su dimensión completa. Es reconocer que el logro académico, en muchos, encierra no solo conocimiento adquirido, sino constancia frente a responsabilidades adicionales que suelen pasar desapercibidas.
En nuestra sociedad que concibe la educación superior como el motor de desarrollo y movilidad social, resulta pertinente ampliar la mirada, no solo preguntarnos quien alcanza el éxito académico, sino también en qué condiciones lo hace.
Si la meritocracia es un principio que se defiende y fomenta, también se debe considerar los contextos en los que el mérito se construye. Reconocer esa realidad no debilita la exigencia académica, sino la humaniza y la hace más coherente con el país que aspiramos a formar a futuro.
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