Salir de casa ya no es una rutina: es un cálculo. Miramos la hora, la ruta, el celular, la mochila y hasta la ropa que llevamos. No porque seamos paranoicos, sino porque vivir en el Perú de hoy nos ha enseñado a hacerlo.
Cada vez que la inseguridad crece, aparece la misma promesa: más policías, más militares, más castigo, más fuerza. La llamada “mano dura”. Ver uniformes en las calles genera una sensación de orden. Pero es solo eso: una sensación.
La violencia no se detiene porque haya más armas visibles, sino porque hay menos oportunidades, menos justicia efectiva y menos instituciones que funcionen. La delincuencia no nace de la nada: se organiza, se adapta y se fortalece cuando el Estado es débil, lento o indiferente. Y nosotros seguimos viviendo con miedo.
Nos hemos acostumbrado a escuchar explosiones, a ver negocios cerrados, a leer noticias de extorsiones y a normalizar asesinatos como si fueran parte de la rutina informativa. La inseguridad ya no nos sorprende: nos cansa. Nos agota. Nos endurece.
La mano dura vende una idea simple: que el problema se resuelve con más fuerza. Pero la realidad es más incómoda. Sin justicia que funcione, sin instituciones que investiguen, sin prevención, sin educación y sin oportunidades reales, la violencia solo cambia de forma, no desaparece. Y eso no se corrige con fusiles, sino con decisiones estructurales.
Quizá la verdadera pregunta no es cuánta fuerza necesitamos, sino qué tipo de país estamos construyendo. Una sociedad que solo responde con castigo pero no con soluciones, termina viviendo siempre con miedo. Y ningún país puede llamarse seguro si su gente no puede vivir en paz.
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