Cuando un rostro nuevo parece ser suficiente garantía de la gobernabilidad en nuestro país, la popularidad de los ‘outsiders’ aumenta. Y es que la novedad parece reemplazar la imperante necesidad de que el control del poder sea asumido por una persona que, además de haber ganado legitimidad, pueda mantener la institucionalidad de un gobierno.
Esto requiere capacidad técnica para una gestión pública eficiente bajo los estándares de legalidad, destreza política para negociar con el Congreso y una visión clara de las relaciones internacionales; todo ello con una ética incólume frente a quienes pretendan vulnerarla.
Es propicio enfatizar que el ‘outsider’ en política no es, en sí mismo, bueno ni malo. Es una figura disruptiva del sistema partidario tradicional que ingresa como un rostro nuevo distinto al de los políticos conocidos. No obstante, cabe preguntarnos: ¿es la novedad la medicina que necesita nuestro país en este momento? El Perú ha sobrevivido a innumerables crisis de gobernabilidad, al quebrantamiento del Estado de derecho y a reformas que trastocan la seguridad jurídica, factores que terminan hundiéndonos en un abismo de conflictos sociales permanentes.
Para que nuestro próximo presidente no sea un motivo más de desesperanza ciudadana en la política y los políticos, ni otro capítulo de inestabilidad en nuestra historia, es imperativo que el candidato elegido posea elementos personales y partidarios idóneos que garanticen: legitimidad, institucionalidad sólida y ética individual y partidaria. ¿De qué sirve un rostro nuevo si el control del poder se diluye en una frágil gobernabilidad?
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