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El rey de los malatos, por Mario Ghibellini

La razón por la que tantos quisieran ser el próximo presidente del Congreso es un auténtico enigma.

Mario Ghibellini 20 de julio

“¿Cómo así, pues, surge de pronto tanto afanoso por coronarse rey de los malatos (palabra menos chocante que ‘leprosos’ que, no obstante, quiere decir lo mismo)?”. (Ilustración: Mónica González).

Ilustración: Mónica González.

Entre los espinosos asuntos que el Congreso tiene que resolver la próxima semana se cuenta la elección de la nueva Mesa Directiva. Y a pesar de que el calendario apremia, no se distingue todavía a un claro candidato a presidirla.

Entendámonos bien: aspirantes hay (son todos aquellos que ríen nerviosos cuando la prensa les hace la pregunta y luego dicen que, si bien sería un honor, no andan pensando en ello), pero ninguno quiere lucir tempranamente ambicioso o lanzarse a una piscina sin agua. Cada uno espera, más bien, al inverosímil escenario de una cantidad suficiente de colegas suyos ungiéndolo por aclamación como el salvador de los fueros parlamentarios, para recién entonces inscribir su postulación. Y en consecuencia, la identidad del probable vencedor de esa futura elección es todavía una incógnita.

Motivo de curiosidad como es, sin embargo, esta materia no llega a competir en profundidad con el auténtico enigma que toda esta situación plantea. A saber, ¿por qué querría alguien convertirse en el titular de este Congreso?

¿Es de verdad la perspectiva de regir sobre Yesenias y Yonhys tentadora para una persona en sus cabales? Vamos, en el hemiciclo hay sin duda legisladores correctos y respetables, pero en general la actual representación nacional constituye una menesterosa hueste de improvisados y ventajistas a los que la ciudadanía les dispensa de un tiempo a esta parte el trato de apestados. ¿Cómo así, pues, surge de pronto tanto afanoso por coronarse rey de los malatos (palabra menos chocante que ‘leprosos’ que, no obstante, quiere decir lo mismo)?

Quizás un repaso de los aspirantes más conspicuos arroje alguna luz sobre el acertijo.

—¡Siga participando!—

Aunque a algunos les resulte poco creíble, el Parlamento peruano tiene tradiciones. Y una de ellas parece ser dejar a ‘Vitocho’ García Belaunde con los crespos hechos en su reiterado intento de alcanzar la presidencia del Poder Legislativo. El representante de Acción Popular, en efecto, aparece cíclicamente en la lista de los voceados para acceder a tan encumbrada posición… y cíclicamente también acaba felicitando por el triunfo a otro congresista con menos experiencia pero más acogida que él entre los escaños.

A veces llega a competir y otras se queda en el partidor, pero siempre se le notan en la mirada las ganas de saltar al ruedo. Acaso pese en ello un ánimo de cumplir con cierta exigencia por acumular dignidades oficiales que viene del apellido.

¿Habrá llegado su momento? ¿Tendrán sus ecuménicos almuerzos cumpleañeros esta vez un demorado postre? Todo puede suceder en la dimensión desubicada. Sus señas equívocas a Fuerza Popular, sin embargo, no le han bastado para ganarse un resignado endose naranja y, en cambio, han provocado el disgusto del sector más rabiosamente antifujimorista (que no excluye a miembros de su propia bancada). Se diría, por lo tanto, que la tradición tendería a prolongarse. Pero si eso es así, no faltará quien lo aliente con esa muletilla que se recita en televisión tras la divulgación de los resultados de sorteos y concursos: ¡Siga participando!

Dispuesto a ganarse más bien a todos los que ‘alucinan’ a Fuerza Popular, asoma desde hace tiempo Daniel Salaverry. Actual presidente del Congreso y con evidente apetito repetidor, él busca capitalizar los gestos inamistosos que, al hacerse del cargo, adoptó hacia las anteriores administraciones fujimoristas de la Mesa Directiva.

¿Qué lo motiva? Tal vez la descaminada fantasía de que la presidencia del Legislativo puede servir de trampolín a la de algún otro poder del Estado, o tal vez una brumosa percepción de que ha tocado el punto superior de la curva que plantea el principio de Peter. Quién sabe. Pero lo cierto es que un pedido de sanción de la Comisión de Ética por un feo asunto de información falsa sobre la semana de representación, pendiente de ser votado en el pleno, le bloquea un tanto el camino hacia su soñado liderazgo del antifujimorismo en la plaza Bolívar. Eso y el hecho de que hasta ahora no tenga bancada en nombre de la cual postular.

Los 54 votos con los que todavía cuenta Fuerza Popular en el hemiciclo, además, son un viento en contra difícil de capear.
Ese mismo contingente de sufragios, por otro lado, es el punto de partida de los aspirantes a la codiciada posición que, sin definirse como naranjas, la pegan de tangelos.

—Moroco—

Los planes maximalistas de Rosa Bartra por recuperar la presidencia del Congreso para el fujimorismo duro no parecen en realidad destinados a cristalizarse. La señora Chacón no es tonta y no va a brincar al precipicio por quedar bien con la barra brava de Morochucos. Y el recuerdo de la forma brusca en que la desembarcaron de la postulación en el 2017 no debe ser el mejor de los combustibles para su eventual espíritu de sacrificio. Les puede sugerir, eso sí, que traten con Beteta.

Del salón en el ángulo oscuro, entonces, puede brotar una candidatura que deje a Fuerza Popular con la sensación de que están respaldando a alguien de toda confianza y que, al mismo tiempo, permita a sus aliados habituales y a los que recién se estrenan en la exploración del mundo subterráneo evitar el bochorno de aparecer como mozos de estoques de Becerril, Arimborgo y compañía.

En la teoría, por lo menos, esta sería la opción con mayores probabilidades de obtener la victoria y, en esa medida, se detecta ansiedad por ofrecerse para el rol en más de una bancada. Pero elegir a uno, supone siempre dejar de lado a otros, y eso puede terminar alimentando la votación del oponente.

Un difícil equilibrio, en fin, para aferrar una corona desdorada.

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