El diablo está en las comillas, por Mario Ghibellini
El diablo está en las comillas, por Mario Ghibellini
Mario Ghibellini

Periodista

Pecados hay de todo tipo. Los hay mortales y veniales. Los hay de pensamiento, palabra, obra y, por supuesto, omisión. Y si hay uno original, hemos de suponer que existe también otro de ‘copiandanga’. Esto es, de plagio.

La reflexión viene a cuento a raíz del descubrimiento que hizo el sitio web Útero.pe de que el incluyó en su colaboración del domingo pasado en El Comercio algunas frases extraídas textualmente del libro “Communio” del hoy Papa emérito Joseph Ratzinger (), sin tomarse el trabajo de colocar comillas al principio y al final de las citas; y sin siquiera hacer una alusión en el artículo al origen de tanta inspiración.

Esto, como sabemos, está penado por la ley del hombre. Y lo que esta pequeña columna se pregunta es si acaso no estará penado también por la ley de Dios.

Humo negro

Quizás alguien podría objetar la pertinencia de una materia como esta en una columna política, pero la respuesta a esa hipotética observación es muy sencilla: el cardenal Cipriani es un actor político. Interviene en el debate de los asuntos públicos desde el púlpito y trata de influir en las decisiones de Estado, con prescindencia de si las víctimas o beneficiarios de las mismas pertenecen a su rebaño. Aunque no postule, entonces, en procesos electorales (para evitar de seguro los efectos tóxicos del humo negro), reúne las características necesarias para ser evaluado en un espacio como este. Y qué mejor mecanismo de evaluación de un político que el de contrastar sus acciones públicas (como la de ventilar sus opiniones en un diario) con el sistema de valores que predica. De ahí, pues, la inquietud por la eventual naturaleza pecaminosa de su cultivo del ‘copy and paste’ sin consignación de fuente.

Una vez expuesto el primer plagio (después se han detectado otros), el cardenal ha reconocido su error -lo que no equivale a la cristiana práctica de pedir perdón- y ha ensayado en su descargo razones de peso variado, que vale la pena sopesar. Ha echado mano, por ejemplo, del consabido argumento de la “la brevedad del espacio”, desatando la imaginación popular con respecto a las dimensiones descomunales que deben tener las comillas de su teclado.

Pero su tesis central ha consistido en afirmar que sus piezas periodísticas se nutren siempre de “las enseñanzas de Cristo, de los Papas y de la Doctrina social de la Iglesia” y que ese patrimonio “no tiene, por decirlo así, una propiedad intelectual”. Y uno podría pensar que, efectivamente, si hay una sola inspiración divina detrás de todas las palabras que componen esa construcción conceptual, no tiene mucho sentido perder el tiempo nombrando a quien las modula en cada ocasión. El problema, sin embargo, es que cuando uno busca en la red información sobre el libro “Communio”, en ninguna ‘entrada’ lo encuentra como atribuido al Espíritu Santo. En todos los casos aparece el nombre de Joseph Ratzinger y frecuentemente colocan también una foto suya al lado. De lo que se colige que el antiguo Papa le concedía cierto interés al hecho de ser reconocido como el autor de la obra. O, lo que es igual, a la propiedad intelectual que Cipriani desdeña.

Pecatto di cardinale

Si resulta entonces que los derechos de autor no son una, ejem, cojudez, ni aun en los predios del , tenemos que concluir que, al apropiárselos indebidamente, el cardenal ha entrado en conflicto con alguno de los mandamientos. Y al ni siquiera pedir perdón por ello se ha asomado a la soberbia. Una consideración que habrá que recordar la próxima vez que nos quiera venir con su moralina trepidante. Y que no nos traten de contar entonces que se ha tratado solo de ‘peccata minuta’, porque ya se sabe que el diablo está en los detalles. En este caso, concretamente en las comillas.