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Duro de atar, por Mario Ghibellini

Kenji discurre sin amarras sobre la naturaleza del gobierno de su padre.

Duro de atar, por Mario Ghibellini

Duro de atar, por Mario Ghibellini

Superar el 5 de abril sin renegar de él: tal es la cuadratura del círculo que Keiko Fujimori tiene que resolver en la campaña del próximo año, si quiere conquistar un nuevo electorado democrático sin perder a los nostálgicos de los tiempos del ingeniero disolvente. La tarea, en realidad, es prácticamente imposible (de hecho, en el 2011 ya fracasó en ella), pero lo último que la candidata de Fuerza Popular necesita es que, justo cuando las encuestas comienzan a hacerla soñar, aparezca su hermano menor a complicársela aún más con algunas formulaciones luminosas, que parecen sacadas del libro de instrucciones del golpe que nos dispensó su padre en 1992.

La alegría de la casa

El joven Kenji es, sin duda, ‘la alegría de la casa’ en la familia Fujimori. Pero nadie ignora que es al mismo tiempo algunas cosas más. Sobre todo si hablamos ya del contexto partidario.

Es, para empezar, un defensor incansable de la causa naranja en el tuit. También, el integrante de una involuntaria dupla cómica al lado del congresista Gagó. Y por último, como ha quedado demostrado en una entrevista publicada el domingo pasado en El Comercio, el más duro entre los duros del ala dura del fujimorismo.

Los pedidos de perdón por los crímenes de Barrios Altos y La Cantuta, por ejemplo, no van con él (a su entender, esos fueron “hechos aislados” que no se repetirán si se fortalece la especialización de la PNP). ¿La ley de interpretación auténtica y la re-reelección? Ups, un error (es decir, algo así como el accidente de obtener 5 cuando suma 2 + 2). ¿Y el tipo de gobierno que encabezó su padre? Ahhhh, ahí es donde el político en agraz se pone conceptuoso. Fue “una democracia delegativa”, dice. Y por si alguien no hubiera tenido acceso a la bibliografía pertinente, explica: “Cuando un país atraviesa un periodo de crisis, inestabilidad, incertidumbre, la población está dispuesta a ceder parte de sus derechos a cambio de que el gobierno le restituya el orden y la seguridad. En otras palabras, poner mano firme”. Y finalmente, como quien redondea un silogismo, concluye: “Y eso fue lo que ocurrió en los 90”.   

La cosa –llamarla ‘idea’ sería excesivo– suena elaborada. Pero pensemos un momento (¡alguien tiene que hacerlo!). ¿Un periodo de crisis faculta realmente a un gobernante a determinar que “la población está dispuesta a ceder parte de sus derechos” a cambio de orden? ¿Cómo así? ¿Por intuición revolucionaria? ¿A través de las encuestas? Y de otro lado, ¿de qué parte de los derechos estamos hablando? ¿Por cuánto tiempo se extendería la cesión?

A decir verdad, debajo de sus ínfulas teóricas, el rollo en cuestión no es sino la típica justificación de un golpe. Y, peor aún, habida cuenta de la situación crítica que vivimos en materia de seguridad, parece un plan de gobierno para el próximo año: justo el golpe de imagen que Keiko necesitaba para ganarse a esos electores de talante democrático de los que hablábamos al principio.

Preguntas insondables

Algunos suspicaces han querido atribuir a las palabras de Kenji una secreta intención de perjudicar la candidatura de su hermana (por ‘blandengue’, se entiende), pero exageran. Semejante ajedrez resulta inverosímil en quien, en la misma entrevista que presumiblemente habría servido para sembrar la emboscada, le dice hasta en tres oportunidades al periodista: “No entiendo tu pregunta”.

En nuestra opinión, ocurre simplemente que el joven consigue a veces sustraerse a la ardua tutoría que han de haberle asignado en la organización fujimorista, y entonces, libre de amarras, se muestra por fin tal como es: temerario y frontal, pero sobre todo duro.

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