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Encuentren a Waldo, por Mario Ghibellini

Hoy se hace difícil distinguir a uno de los miembros originales del equipo parlamentario ppkausa que no haya renunciado a la bancada o al partido.

Encuentren a Waldo

"Hubo ciertamente un tiempo, más bien breve, en el que se esforzaron por guardar las formas". (Ilustración: Mónica González)

La renuncia de tres congresistas de la bancada de Peruanos por el Kambio (PpK) al partido del mismo nombre en menos de 48 horas ha atraído esta semana la atención sobre la escasa cohesión que existió desde el principio en ese proyecto político. Los legisladores Jorge Meléndez, Alberto Oliva y Janet Sánchez, en efecto, se han alejado formalmente en estos días de la organización que los postuló al parlamento hace casi tres años, en medio de observaciones inquietantes.

En sus cartas de renuncia señalan concretamente la existencia o búsqueda de “personalismos” e “ideales” o “beneficios” personales en el partido como motivo de su decisión. Una preocupación saludablemente institucionalista que, sin embargo, no pareció quitarles el sueño cuando, durante la campaña del 2016, el movimiento decidió cambiar su nombre original –Perú Más– y hasta torcer la ortografía para hacer que sus siglas calzaran con las del personalísimo nombre de su entonces candidato presidencial, Pedro Pablo Kuczynski.

La tentación de asociar lo ocurrido esta semana con la reciente filtración de los contenidos de un chat en el que varios integrantes del Comité Ejecutivo Nacional de PpK daban cuenta de su disposición a mostrarle los colmillos al Ejecutivo es grande. Pero aun cuando pueda haber en ello algo de cierto, tenemos la impresión de que semejante lectura de la crisis del ppkausismo sería limitada, pues los problemas que arrastra ese proyecto político son en realidad congénitos y, en lo que a la bancada que colocó en el Congreso concierne, se manifestaron desde que sus miembros terminaron de acomodarse en sus curules.

—Portazos y perforaciones—
Hubo ciertamente un tiempo, más bien breve, en el que se esforzaron por guardar las formas y cultivaron esa deslucida costumbre de ubicarse todos detrás del vocero de turno y asentir con la mirada perdida mientras este hacía algún anuncio más rimbombante que sustancioso. El germen de la discordia, no obstante, anidaba ya dentro de la heterogénea hueste.

No viene al caso detenernos en las pullas de ida y vuelta que puedan haberse lanzado los representantes oficialistas mientras habitaban todavía todos dentro del mismo grupo parlamentario. Finalmente, esa es una práctica que se verifica en todas las bancadas.

Sí parece relevante, en cambio, recordar la forma en que ese, digamos, equipo se fue desgranando poco a poco. Unos tirando la puerta y otros cavando hoyos bajo la tierra, muchos de sus numerarios, efectivamente, se apartaron a lo largo de estos años de la hoy diezmada tropa.

A Roberto Vieira, para empezar, lo expulsaron en noviembre del 2016 por “infringir los principios de respeto y tolerancia con los otros miembros del grupo parlamentario”, lo que en el fondo no sorprendió tanto como el hecho de que lo hubiesen enrolado en la lista congresal en un principio.

Vino luego, a fines del 2017, el episodio de la concesión del indulto a Fujimori, en expresa contradicción de lo que Kuczynski había ofrecido al respecto durante la campaña, con el consiguiente alejamiento de Alberto de Belaunde, Gino Costa y Vicente Zeballos.

En junio del año pasado y ya con Vizcarra en la presidencia, por otro lado, Pedro Olaechea detectó, con buen tino, que sus convicciones se habían vuelto incómodas para sus compañeros de bancada y emprendió la búsqueda de otros. Y cinco meses más tarde, el amigo Lombardi renunció también al grupo parlamentario de PpK por el “escaso compromiso con las líneas matrices del gobierno” que este había mostrado en ciertas votaciones.

La cereza final en este pastel más bien dietético la puso unos días más tarde Salvador Heresi, nada menos que secretario general del partido que presta el nombre a la bancada. Él optó por cortar palitos con el resto de la brigada ppkausa por “discrepancias en la conducción de la misma”, precisando que su decisión era irrevocable. Un adjetivo que incómodamente ha estado tratando de desactivar en las últimas semanas.

En ínterin de todos estos retiros y deserciones, además, hizo una efímera pascana en el grupo parlamentario la señora Patricia Donayre, que luego partió en pos de otros destinos.

Si agregamos a este cuadro lo recientemente ocurrido con Meléndez, Oliva y Sánchez, resulta que, a la vista de cualquier foto de la conformación original del equipo legislativo oficialista, hoy se hace difícil distinguir a uno de sus miembros que no haya renunciado al partido o a la bancada. Un poco como en ese entretenimiento gráfico en el que hay que encontrar a Waldo.

—La macana del ideario—
Han quedado, por supuesto, algunos parlamentarios adheridos todavía a la bancada, y otros, al partido. Pero cabe maliciar que si no han renunciado ellos también a alguna de esas dos instancias es porque prácticamente ya no hay ante quién hacerlo.

No se trata aquí de postular que esta penosa fábula del desbande es inédita en la historia política del país. En realidad, es algo que sucede cíclicamente con los movimientos caudillistas que han llegado al poder conforme se va acercando el fin de su período de gobierno: los entusiastas de la primera hora comienzan a buscar una nueva posada para sus afanes y abandonan el cascarón ya desacreditado. Sucedió con el toledismo y también con el humalismo. Y esta vez, el proceso se ha visto acelerado por el cambio de presidente.

Pero que no nos vengan a contar tampoco que las rupturas tienen algo que ver con supuestas conductas que se apartan de lo que prescribe el ideario del partido. No vaya a ser que a alguien se le ocurra someter a los renunciantes a un examen sobre lo que ese hipotético texto señala y ellos se queden un tanto balbuceantes.

Quisiéramos terminar, sin embargo, anotando en descargo de todos los que alguna vez pertenecieron a la bancada ppkausa que, a la luz de lo recogido en esta revisión de sus peripecias, resulta claro que algo tuvieron siempre en común: vocación de renuncia.

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