Fayute alfayate, por Mario Ghibellini
Fayute alfayate, por Mario Ghibellini
Mario Ghibellini

Periodista

El lujoso presidente que nos sacamos en la rifa electoral del año pasado es músico, economista y políglota, pero como sastre o alfayate no da puntada con hilo. Necesitado como está de que la mayoría fujimorista le cambie la cara de poco amigos con la que mira a sus ministros desde el Congreso, tuvo hace unos días la idea de coserle al presunto ‘líder histórico’ de esa opción política una ley a la medida para que pudiera salir del fundo Barbadillo y cumplir el resto de su condena en casa, pero las dos mitades de la naranja –el keikismo y el albertismo– le tiraron la cinta métrica y las tijeras por la cabeza, y ahora están más agrias que antes.

PLAN SIN MOLDE

Todo empezó en el acto de reconocimiento a los comandos Chavín de Huántar, en el que el presidente habló de ‘voltear la página’ y saludó la presencia de “la hija de don Alberto Fujimori” en la ceremonia. Keiko, sin embargo, que probablemente tenía fresco todavía el recuerdo de que solo un año atrás había sido aludida, más bien, con el colorido giro de ‘hija de ratero’, esbozó apenas una gélida sonrisa y, tras las cortesías de ocasión, se retiró del lugar dispuesta a demostrar sin duda que ella no cambia tan fácilmente. Un poco a la manera de la ‘pelona’ que PPK mencionó también en el último debate de la segunda vuelta.

Desde la Diroes, no obstante, llegó un guiño esperanzador bajo la forma de un tweet en el que el disolvente ingeniero decía que el actual mandatario tenía razón en la exhortación que había lanzado. Y ante ello, se echó a andar el mecanismo de un plan oficialista para ablandar a Fuerza Popular que quería ser astuto: el parlamentario Carlos Bruce declaró a la prensa que, si por él fuera, dejaría libre a Fujimori y, como cabía prever, los coleguitas corrieron a preguntarle al jefe de estado qué pensaba al respecto Kuczynski, entonces, proclamó: “Nosotros estamos estudiando el caso, pero no se va a dar ninguna ley que se aplique a una sola persona”. Una frase en la que se pueden descubrir más contenidos que en una sentencia del I Ching.

Primero, porque hasta ese momento el presidente siempre había dicho que si el Congreso tomaba una iniciativa para permitir que ciertos presos cumplieran su condena en su domicilio, él la fi rmaba… y ahora resultaba que, sin que el Congreso hubiera movido un dedo (el legislador Roberto Vieira no había presentado todavía su moción), ellos ya estaban ‘estudiando’ el caso. Y segundo, porque si la ley que presentaban derivaba del estudio de un solo caso, ¿a quién le iban a contar que no tenía nombre propio?

De ahí en adelante, claro, todo fue cuesta abajo en la rodada, pues los keikistas encontraron la excusa perfecta para decir que nunca votarían por la ley en ciernes, y los albertistas anunciaron, por boca del doctor Alejandro Aguinaga, que el ex presidente “no desea un arresto domiciliario”. Con lo cual, PPK se encontró de pronto con un terno naranja que nadie quería entre las manos y ante la reiterada evidencia de que, como hilvanador de argucias políticas, resulta más bien fayute.

Pero, como se sabe, quien está en el poder suele ser reacio a admitir que ha desbarrado, así que habrá que estar preparados para cuando, con las virtudes bailarinas que le conocemos, ataque la danza del indulto.

Esta columna fue publicada el 29 de abril del 2017 en la revista Somos.