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Fracciones y quebrados, por Mario Ghibellini

El balance de la cuestión de confianza arroja bancadas divididas y pérdida de capital político en el gobierno y en la oposición.

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“A los representantes del Ejecutivo, en suma, les han mojado la pólvora y les han hecho gastar el recurso de la amenaza de disolución del Parlamento en vano”. (Ilustración: Mónica González)

La escena inmediatamente posterior al voto de la cuestión de confianza, el miércoles de esta semana en el Congreso, parecía extraída de una película de los hermanos Coen. Una de esas en las que corre mucha sangre por afanes que nadie corona con éxito y en las que solo los espectadores terminan de entender qué ocurrió.

Los distintos personajes involucrados en el drama –el gobierno, la oposición en sus diversas encarnaciones y hasta los partidarios de las producciones independientes que esperaban salir corriendo de la pachamanca con una pierna o una pechuga en la mano– perdieron todos más de lo que invirtieron en matricularse en el pleito. Y aunque quizás ellos aún no lo comprendan cabalmente, para nosotros es fácil comprobarlo.

Empecemos por el Ejecutivo, que desde el principio rodeó el episodio de unos ribetes épicos que daban la impresión de estar orientados a captar, sobre todo, la atención de las tribunas. ¿Logró convertir la cuestión de confianza en el ‘deathmatch combat’ con la mayoría parlamentaria que los carteles anunciaban? ¿Salió de la refriega con la garantía de que sus reformas serán aprobadas “sin vulnerar su esencia” y en los plazos perentorios que sugería originalmente la carta que el premier Del Solar envió al Congreso? ¿Obtuvo el oxígeno político que necesitaba para llegar, por lo menos, a Fiestas Patrias sin que la población le exija avances perceptibles en terrenos como la economía o la lucha contra la inseguridad?

Pues se diría que no. La representación nacional le ha otorgado la confianza, pero más como quien cumple con un trámite burocrático que como quien se somete humillado al poder del que actúa legitimado por el clamor de las calles. La precisión de que sus instrucciones sobre cómo y cuándo deben votar los proyectos de reforma se las pueden guardar, además, no solamente ha provenido de las bancadas del Apra o Fuerza Popular, sino de otras que en anteriores trances han jugado un rol oficialista.

—Tentempié de sapos—

A los representantes del Ejecutivo, en suma, les han mojado la pólvora y les han hecho gastar el recurso de la amenaza de disolución del Parlamento en vano. Ahora luce poco probable que se animen a blandirlo de nuevo y, mientras las encuestas no prometen registrar rebotes de aprobación pasmosos, el 28 de julio se va presentando para ellos como la ocasión perfecta para conocer el pánico escénico.

Otro participante del drama, al que las cosas no le han salido como quería, es el presidente del Congreso, Daniel Salaverry. En algún punto de su intrincada danza de aproximaciones y alejamientos del Ejecutivo, dejó de ser la ficha potable de transacción de todos aquellos que no quieren que el fujimorismo recupere el manejo del Legislativo y fue librado a su suerte en la Comisión de Ética, donde sus antiguos compañeros de bancada le aprobaron una propuesta de suspensión por 120 días con la que esperan cobrarle todos los raspones que les ha dispensado desde que, con sus votos, llegó a la encumbrada posición que hoy ocupa.

Combinado con los problemas de imagen que esa eventual sanción le augura, el escaso respaldo que obtuvo esta semana su propuesta para recomponer las comisiones parlamentarias indica que sus sueños de postular a la reelección se extinguieron junto con los de representar un papel determinante en el debate de la cuestión de confianza en el pleno.

En lo que concierne a la bancada de Fuerza Popular, es evidente también que este nuevo capítulo de su enfrentamiento con el gobierno le ha supuesto un costo importante. Por un lado, ha perdido dos integrantes más (Francisco Villavicencio y Nelly Cuadros); y por otro, ha tenido que desarrollar un ala blanda (Tubino, Aramayo, Torres y otros) que contrapese con sus votos y declaraciones la retórica y la acción belicista del ala dura (Bartra, Galarreta, Becerril, etc.). Una concesión que no constituirá para ellos un atracón, pero sí un tentempié de sapos.

Otros daños colaterales se detectaron asimismo en bancadas como la de Concertación Parlamentaria (que dejó de existir porque la mayoría de sus integrantes se pasó a la de Acción Republicana) y en la de Acción Popular, que vio a sus conspicuos miembros Víctor Andrés García Belaunde y Edmundo del Águila trenzarse el día mismo del debate de la cuestión de confianza en un áspero intercambio de motivación ignota pero permanente. Y en pleno hemiciclo.

Es de notar también el poco eco que consiguieron en la ciudadanía las bancadas que apostaron por negarle la confianza al gobierno. Como se sabe, aparte de la ya mencionada ala dura del fujimorismo, se acomodaron en esa trinchera el Apra y los dos conglomerados de izquierda: Nuevo Perú y el Frente Amplio.

—Vamos por menos—

Los primeros, reducidos en la votación a su realidad numérica, pasaron casi desapercibidos. Y los segundos, confundidos de nuevo entre sí a pesar de sus sostenidos esfuerzos por ‘invisibilizarse’ mutuamente, vivieron la breve fantasía de que estaban ad portas de derribar el ‘ancién regime’ y lograr, con el concurso de las masas, que se convocase a una asamblea constituyente que cambiara todo lo que ha permitido el desarrollo económico de los últimos lustros. Felizmente, nadie les hizo caso.

Parafraseando el eslogan que suelen repetir en una de esas dos bancadas: fueron por más… y salieron con menos.

El trance de la cuestión de confianza, en fin, ha servido para recordar que hasta los políticos que viven todavía en la periferia del sistema, como Julio Guzmán, son solo un atado de lugares comunes cuando de aportar ideas se trata. “Tiene que mantenerse firme, vigilante y a la altura de un reto histórico”, le ha dicho, en efecto, el presunto líder del partido morado a través de las redes al presidente Vizcarra. Y difícilmente podría alguien imaginar un perogrullazo más prescindible “en esta hora grave de la patria”.

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