¡Un minuto de silencio!, por Mario Ghibellini
¡Un minuto de silencio!, por Mario Ghibellini
Mario Ghibellini

Periodista

De mazamorreros a politiqueros (y un poco aficionados también a la chismografía): tal parece ser el diagnóstico que el presidente Kuczynski tiene para los limeños. En una reciente visita a Huánuco, al cumplirse 477 años de su fundación, el mandatario dijo efectivamente: “Dejemos de un lado la politiquería y la chismografía de Lima y ocupémonos de lo que le importa al país, que es vivir con seguridad, sin extorsión, sin secuestros, sin marcas, sin robos”. Y desde entonces el colegio de traductores e intérpretes de su verbo indócil ha tenido que declararse en sesión permanente para responder a unas acuciantes preguntas. ¿Qué motivó la diatriba presidencial? ¿Estaba acaso dirigida a algún conspirador capitalino en concreto? ¿O perseguía quizás otro propósito? Aquí, una teoría.

Lima la horrible

La condena, en realidad, no solo es desconcertante por carecer de un destinatario claro, sino también porque las prácticas censuradas no guardan relación alguna con el objetivo que supuestamente dificultan: ocuparse de la seguridad. Los que tienen que encargarse de esta, como se sabe, son los funcionarios del Ejecutivo que PPK ha designado para ello. Y si en vez de hacerlo estuvieran dedicándose a la politiquería y la chismografía, él tendría que enrostrárselos y no lanzarles críticas oblicuas desde el interior del país.

Pero nadie hila tan fino cuando escucha un discurso de plaza, y denostar de Lima y sus habitantes resulta siempre una práctica rendidora para los políticos que visitan alguna región y buscan congraciarse con ella, pues alimenta los resentimientos que el centralismo ha provocado en esos lugares a lo largo de nuestra historia. 

Para incursionar en el género, además, no hace falta ser muy imaginativo. Basta echar mano de unos lugares comunes –en este caso, que los limeños practican una versión cortesana de la política que antepone sus intereses personales a las grandes metas y que son dados a las habladurías- para cosechar el aplauso de la tribuna. De las dos acusaciones, sin embargo, la que en verdad preocupa es la primera, porque agitar alegremente el monigote de la ‘politiquería’ es una maña a la que han acudido antes que él otros presidentes o líderes partidarios para tratar de desacreditar a sus opositores cuando sentían que les faltaba el oxígeno político: lo agitó Fujimori para justificar el golpe del 5 de abril, lo agitó Alan García con ocasión del ‘baguazo’ y lo agitaron también Ollanta Humala y Nadine Heredia cuando se presentó la moción de censura a la premier Ana Jara por los escándalos de la DINI. Un recurso, como se ve, de pedigrí bastante penoso.

Lo peor de todo, no obstante, es que esta vez lo está usando un presidente que recién se estrena y que, por lo tanto, no tendría razón alguna para hacerlo… como no sea esa vocación por la glosolalia que de un tiempo a esta parte ha venido mostrando. ¿Cómo hacer, entonces,  para que PPK corte el torrente desbocado de sus palabras, por lo menos mientras su primer ministro trata de ‘hacer sentido’ ante el Congreso y la ciudadanía?

Pues la oportunidad de que el rey emérito de España le diera, cuando estuvo de paso por Lima, uno de esos consejos compulsivos que él sabe ofrecer, ya la perdimos. Pero estamos seguros de que, en un botiquín de primeros auxilios, algún remedio se puede encontrar.

Esta columna fue publicada el 20 de agosto del 2016 en la revista Somos.