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Reporte desde la clandestinidad, por Mario Ghibellini

Un discurso imaginario pero no irreal en la víspera del Día del Padre.

Ghibellini 15 de junio

“Nosotros no queremos favores ni privilegios. Solo pedimos respeto e igualdad… Y, de ser posible, un poquito de libertad también”. (Ilustración: Mónica González).

Ilustración: Mónica González.

En el refugio hemos decidido celebrar el Día del Padre. Discretamente, claro. Nada de música ni trago. No vaya a ser que nos manden al serenazgo por la bulla y, al descubrir la naturaleza de nuestras actividades, toda la célula acabe detenida.

Los más asustados son un par de venezolanos que acogimos la semana pasada. “Nos van a deportar, amigo; mejor no hacemos tanto bululú”, le dicen a quien quiera escucharlos. Pero ‘Macho Camacho’ (nombre de guerra del jefe de la célula) nos ha convencido de corrernos el riesgo, porque la festividad de alguna manera tiene que ver con los valores que busca reivindicar nuestra lucha.

Los rumores sobre el reciente desmantelamiento de otra célula, además, son solo eso: rumores. Se habla de gente enviada a realizar trabajos domésticos forzados (“para que aprendan”, repiten los que han colocado la historia en las redes) y del decomiso de material subversivo (unos viejos videos de La Paisana Jacinta). Pero bien podría tratarse solamente de propaganda oficialista para mellar nuestra moral y, en consecuencia, vamos a ir adelante con la fiesta. El compañero ‘Príapo’ (otro alias) ha propuesto incluso terminar la jornada con una competencia de piropos y silbidos de ‘gileo’ como los que se usaban antes, y el jefe ha prometido considerarlo.

—Sea feo o sea hermoso—

A veces, cuando me toca montar guardia a la entrada del refugio y la cuadra parece tranquila, me pongo a pensar en lo desquiciado de toda esta situación. ¿Por qué tenemos que luchar por nuestra causa? Nosotros no queremos favores ni privilegios. Solo pedimos respeto e igualdad… Y, de ser posible, un poquito de libertad también. Sobre todo a la hora de elegir a nuestros representantes en las urnas. Pero las fuerzas de choque del colectivo Con mis Cupos no te Metas, que cuenta con una poco disimulada protección del gobierno, ‘bulean’ a quien se atreva a decirlo en voz alta o a quien siquiera ose brindarle un espacio a la expresión de ese punto de vista en los medios.

Algo parecido sucede, por otra parte, con algunas denuncias de acoso o tortura psicológica en esos mismos medios. Si a alguien se le ocurre reclamar la presunción de inocencia –no la detención de cualquier investigación en curso– a propósito del denunciado, los dedos acusadores se vuelven de pronto hacia él y lo convierten automáticamente en cómplice, no solo del delito que se da por hecho, aunque no esté probado, sino en buena cuenta del rapto de las sabinas, el martirio de las once mil vírgenes y todos los atropellos de ese mismo corte que la cultura patriarcal ha consentido y alentado desde el principio de la historia de Occidente.

Es ese escalamiento en la forma de ser hostigados lo que nos ha empujado ahora a la clandestinidad. Porque, en realidad, la lucha empezó décadas atrás, cuando todavía no existía una clara conciencia de aquello a lo que nos enfrentábamos y quienes levantaban las banderas que hoy nos identifican eran vistos como unos excéntricos o unos exagerados.

Cuentan, por ejemplo, que antes de convertirse en nuestro líder máximo, el personaje que actualmente conocemos como ‘Testosterón’ quiso llamar la atención de la sociedad sobre el hecho de que la publicidad permanentemente denigraba la imagen de los hombres presentándolos como unos alcoholizados impenitentes. No había, en efecto, anuncio de cerveza o ron donde no apareciera un caballero empinando el codo en medio de camaradas igualmente chispeados y compartiendo con él risotadas groseras.

Ideó entonces una campaña que, bajo el lema de “sea feo o sea hermoso, el varón no es borrachoso”, protestara contra ese abuso. Pero se burlaron de él y su iniciativa cayó pronto en el olvido.

Por fortuna, ‘Testosterón’ no se desanimó y ahora lidera una batalla que se libra en muchos frentes al mismo tiempo. A mí, sin ir muy lejos, me han asignado un puesto en la trinchera de quienes pugnan por establecer criterios de igualdad en el lenguaje. Y así, si se exige que en todo discurso oficial se hable de “abogadas” y “médicas” cuando se aluda a personas de sexo femenino que ejercen esas profesiones, nosotros demandamos que comiencen a incluirse también en los textos que produce el Estado las expresiones “economisto” y “periodisto” para referirse a cualquier caballero dedicado a la ciencia u oficio que corresponda. Y nos tiene sin cuidado lo que opinen al respecto los lingüistos.

—¡Vivan los Búfalos Mojados!—

Mención aparte merece el asunto del humor. La represión de la que estamos siendo objeto en nuestro esfuerzo por transformar el sermón en debate tiene uno de sus blancos favoritos en la risa. Hacer bromas o ironías con respecto a, por ejemplo, el afán de convertir en obligatorias la equidad y la alternancia en las futuras listas parlamentarias es declarado inmediatamente por las ya mencionadas fuerzas de choque como un intento inaceptable de restarles seriedad a esas aspiraciones desde una pretendida superioridad de origen incierto.

Lo inaceptable, sin embargo, es que pretendan darnos instrucciones sobre cuándo podemos reírnos y cuándo no. Un delirio controlista del que este gobierno se hizo eco en determinado momento desde su orwelliano Ministerio de Cultura.

Aquí en el refugio, sin embargo, vamos a reírnos durante la celebración del Día del Padre todo lo que nos plazca y sobre todo lo que nos parezca ridículo (hay varias cosas). Y vamos a lanzar también unos discretos “¡viva!” por Pedro, Pablo y los inmortales Búfalos Mojados.

Ya estuvo bueno con esta nueva acepción de lo que se entiende por ‘cacería de brujas’.

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