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Gisela Valcárcel, ¿cuánto más vas a decepcionarnos?

Una breve historia de cuando la señito colgó las tangas y vistió el calzón con bobos

Gisela Valcárcel, ¿cuánto más vas a decepcionarnos?

Gisela Valcárcel, ¿cuánto más vas a decepcionarnos?

Toda nación poderosa tiene su diva del pantano, su estrella ‘rags to riches’ (de harapos a riquezas), su  Monroe, Loren, Lamarque, Piaf, Doña, validada en su industria del cine si la hubiera, en la música si cantara, en la tele si no queda otro espacio.

Cuando, hace 25 años atrás, me pregunté cuál era nuestra diva del pantano,  me asusté de la respuesta ¡Gisela!, sí, la señito, una hija de la medianoche bien sentada en un sofá del mediodía con una tacita de té en una mano y en la otra el teléfono esperando la voz de la concursante para gritar ¡hola Trujillo¡ ¡hola Arequipa! ¡hola Cusco! Mi pasmo tenía dimensión nacional.

Me dirán que pude escoger otra celebridad. Pero ninguna tenía una fama similar. Ella era de lejos la más mentada  y las que pudieron empatarle, Laura y Magaly, eran controvertidas como no lo puede ser una diva del pueblo. Y hasta hoy no hemos cultivado con éxito otra rosa. Y no me vengan con que puede ser Tilsa, porque me arrebato. Lo pretendió Tula, pero lo peor que pudo hacer fue parecerse a Gisela. Janet Barboza y July Pinedo lo intentaron por pocas temporadas. Susy Díaz lo es pero en clave de parodia, como la Tigresa del  Oriente. Ah, pero Dina Páucar, validada en la música folclórica, oficializada en el Perú Nebraska y avalada por Mario Testino, es una buena aproximación al divismo del pantano. Si tuviera que hacer una apuesta muy aventurera, pondría los ojos en Wendy Sulca.

La idea de idolatrar a esas personalidades cuya luz refulge en medio de la miseria del pantano en el que surgen, a esas emprendedoras cuya movilidad ascendente te da una mezcla de vértigo y sana envidia; es que en ellas se reconocen las aspiraciones de una sociedad. Por eso me fregó sobremanera que quien debía encarnar millones de sueños peruanos de fama y fortuna, resultara, por el contrario, encarnando la vigencia de nuestros complejos. Pero eso que para mí ahora es tan claro, no lo es para muchos. Todavía  tiene ráting.

Gise no podía engañarme. Menos cuando la conocí y vi que esa señora que –en mi teoría del estrellato- debía estar luciendo una provocativa fusión de lo que fue y de lo que es; se esforzaba demasiado en borrar todo lo que fue. Ya no era señorita ni señora sino señito, rubia como el fulgor del tinte con el que mira y distorsiona todo. ‘Dorado es mi  color favorito’, me dijo en un reportaje que le hice en 1995, el año pico de su fama pues se casó con Roberto Martínez y el país se detuvo a ver la boda de una hija de La Victoria, el bastión aliancista, con el entonces capitán de Universitario. A los muy jóvenes que solo ubican a Roberto como el decadente coleccionista de ‘mementos’ con mujeres célebres y  enredado en escándalos chalacos, hay que contarles que cuando se casó estaba coronando la movilidad social de Gise. Así de acomplejados éramos para ver estas cosas.

Pasaban las temporadas y Gise seguía su escalada sin mirar atrás ni por asomo populista. No quedaba nada de la vedette de café teatro, de la bailarina de “Risas y salsa”, de la chica de gustos estridentes.  No es solo que cuando la vida te cambia, empiezas a pensar distinto; mi impresión es que Gisela ha pujado hasta estreñirse con tal de pensar distinto. Mientras la estrella popular tiene la convicción de que su carisma radica en mantener sus raíces, Gisela ha navegado con la convicción de que mejor era desaparecerlas. Cuando colgó las tangas en 1987, el año del debut de “Aló Gisela”, se puso para siempre el calzón con bobos.

Y así llegamos a la Gise ultra conservadora, evangélica, pacata pro vida y homofóbica. Esto último no lo digo por sus cantinflescas declaraciones de ayer sobre la unión civil, cuando a Milagros Leiva y a Carlos Bruce que le preguntaron si estaba a favor de ese proyecto de ley, no les dijo ni si ni no, sino todo lo contrario. Lo digo porque en sus varias temporadas de realities musicales se ha negado sistemáticamente a hacer bailar a una pareja gay. He hablado con miembros de su equipo que se lo han propuesto, y ella,  ‘naranjas’. A pesar de que siempre busca cualquier elemento polémico que pueda generarle publicidad, se negó a que el país vea el humano e inclusivo espectáculo de dos hombres o dos mujeres, o un trans, bailando.

Su cantinflada respecto a la unión civil no fue su peor respuesta a Milagros. Le dijo que es feliz estando sola y que los 50 años, ¡una mujer no está para extrañar chiquitingos¡ Como dijo Groucho Marx cuando le preguntaron por Doris Day, cantante despabilada en su juventud y que en su madurez fue diva de las amas de casa conservadoras: “La conocí antes de que fuera virgen”. Sí pues, quienes pudimos echar un vistazo televisivo a la Gisela emergente, ahora confirmamos su extinción definitiva en boca de su usurpadora oficial. El Perú no tiene una diva del pantano, hay que construirla. 

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