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La ciencia no escrita en la naturaleza

A través del programa Climandes, el Senamhi, con el financiamiento de la Cooperación Suiza, capacita a comunidades altoandinas de Cusco y Puno para enfrentar el cambio climático

Fortunato Puma Huanca levanta la mirada hacia el cielo y augura que mañana lloverá. Como 'yachachiq' de su comunidad, palabra quechua que designa al líder que enseña, Fortunato mantiene vivo el conocimiento que heredó de sus padres y abuelos, hombres y mujeres del campo que han pronosticado el clima a través de la observación de la naturaleza.

Él se reconoce a sí mismo como un científico de una ciencia ancestral no escrita, el promotor de un método que busca respuestas en indicadores como las nubes, el viento, las estrellas, el comportamiento de los animales, los insectos o la pigmentación de las flores.

Es un día despejado en la comunidad campesina de Huaccaytaqui, ubicada a más de 3.200 m.s.n.m., en el distrito de Quiquijana, provincia de Quispicanchi, Cusco. Las nubes, sinónimo de lluvia y agua para la cosecha, cubren solo una pequeña proporción del cielo, algo que en otros tiempos sería inusual durante este período lluvioso en los Andes. Fortunato camina entre el campo y explica cómo el cambio climático ha transformado sus vidas.

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“El sol ya no calienta, ahora quema”, describe Fortunato al referirse al daño sobre los cultivos.

Leoncio Puma Durán, otro de los yachachiq de la comunidad, relata que, a diferencia de años pasados, el riego previsto para una semana alcanza ahora solo para tres o cuatro días. Confiesa que la mayor preocupación de los campesinos es la sequía. Los cultivos, con algo de anticipación, podrían protegerse de las heladas o el veranillo (cortos períodos secos), pero la falta de lluvias entre noviembre y marzo causaría la pérdida de la cosecha.

Leoncio es además un experto en cabañuelas, un conjunto de métodos tradicionales usados en los Andes para la predicción meteorológica a largo plazo. Con esta técnica, el hombre del campo fija un calendario que le sirve de guía para la cosecha. Agosto es el mes clave. “Un mes mágico”, añade Leoncio, que coincide con el Wata Qallariy o inicio del año agrícola andino. Las cabañuelas resultan del registro climático de los primeros 12 días de agosto, cada uno representa (en orden de enero a diciembre) un mes del año. Es decir, lo que ocurra en esos días será el reflejo de los fenómenos climáticos futuros de cada mes del año.

Senamhi capacita a comunidades altoandinas de Cusco y Puno para enfrentar el cambio climático

A través del programa Climandes, el Senamhi capacita a comunidades altoandinas de Cusco y Puno para enfrentar el cambio climático (Foto: Alonso Chero).

—Pasado y futuro—
Gracias al ímpetu de líderes como Fortunato y Leoncio, la comunidad de Huaccaytaqui es desde hace seis años parte del proyecto Climandes-Servicios Climáticos para el Desarrollo, el cual ha sido liderado por el Servicio Nacional de Meteorología e Hidrología (Senamhi) con el apoyo de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (Cosude). En la comunidad se instaló una estación convencional meteorológica que permite a los yachachiq combinar sus conocimientos ancestrales con la medición científica.

Leoncio Puma lee tres veces al día (a las 7 a.m., 1 p.m. y 7 p.m.) los instrumentos de la estación y coloca los resultados en una pizarra. Así mantienen informadas a las otras comunidades y pueden tomar previsiones frente al riesgo de tormentas, lluvias, granizo o heladas. Leoncio dice que esta información es un complemento de sus propios pronósticos. “Algunas veces los instrumentos nos indican datos que ya sabíamos”, dice bromeando. Él lleva un registro de todo en un cuaderno que lleva consigo todos los días.

“La información a la que accede la población es fundamental para que actúen y aumenten su gestión de riesgos porque viven en zonas altamente vulnerables”, sostiene Teófilo Zamalloa Challco, especialista agrario del (Senamhi) en Cusco.

Grinia Ávalos, subdirectora de predicción climática del Senamhi y coordinadora de Climandes, resalta que el principal objetivo del proyecto ha sido generar servicios climáticos a la medida y necesidad de la población con un enfoque de inclusión e interculturalidad. Recuerda que hasta hace algunos años la institución generaba información sin corroborar su utilidad práctica. “Hemos cambiado ese paradigma para que se tomen decisiones climáticamente inteligentes en un país tan vulnerable al cambio climático”, dice.

—Voces desde el Altiplano—
A más de 300 kilómetros al sur del Cusco, en la comunidad campesina de Ilaya, distrito de Ilave, provincia de El Collao, en Puno; el agricultor Mario Jinez relata cómo las Pléyades, constelación de siete estrellas bautizada por la mitología griega, los alertan cuando las temperaturas caerán drásticamente y les permite aprovechar la situación. La observación del cielo a más de 3.500 m.s.n.m. es un estilo de vida necesario.

“Si las Pléyades brillan más de lo normal, significa que va a helar más fuerte. Entonces, es tiempo de extender la papa para hacer chuño”, detalla Mario. La fabricación del chuño, argumenta, es ancestralmente la mejor manera de garantizar su seguridad alimentaria debido a que almacenada puede durar hasta siete u ocho años.

Mario Jinez es un yatichiri, voz aimara que significa maestro. Él, al igual que cientos de agricultores de esta zona del Altiplano, recibe capacitación del Climandes para afianzar sus saberes heredados y difundir nuevo conocimiento. Además, traduce la información del castellano al aimara y reduce la brecha lingüística.

Proyecto Climandes

Él es Mario Zapana, yatichiri de la comunidad de Jacha Yacango, Puno (Foto: Alonso Chero).

A unos minutos de ahí, en la comunidad campesina de Jacha Yacango, Mario Zapana, otro de los yatichiri, sube hasta lo alto de una colina y se sienta para observar el colchón de nubes que dibujan perfectamente su silueta en claroscuro. A sus 55 años, ha aprendido los nombres científicos de las nubes que ha visto durante toda su vida.
“Mis abuelos nos enseñaron a reconocer las señales de la naturaleza. Estamos aquí para compartir nuestro conocimiento y aprender”, reflexiona.

Los especialistas del Senamhi confiesan que desde la ciencia no pueden explicar los aciertos de los métodos ancestrales. Oficialmente, la predicción del tiempo es de tres o cinco días como máximo y de tres meses cuando se trata del clima. El meteorólogo Jhonatan Paredes Quispe resalta, tras su experiencia con los yachachiq, que lo importante de ambos lados es aprender.

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