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Ecos de la posguerra: nueva vida en el Alto Huallaga

El Alto Huallaga vive ahora sin terrorismo, con el narcotráfico reducido pero con dificultades económicas

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La hoja de coca fue el motor económico en esta zona por más de 30 años. El Estado continúa los trabajos de erradicación. (Foto: Dante Piaggio)

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En junio del 2015, hace dos años, el entonces presidente Ollanta Humala viajó a la localidad de Yanajanca, en la selva de Huánuco, que hasta poco antes había sido un frecuente lugar de paso de Florindo Flores ‘Artemio’, cabecilla de Sendero Luminoso, detenido en el 2012. Allí hizo un anuncio sorpresivo que cambiaría la geopolítica local: el Gobierno había decidido levantar el estado de emergencia en el Alto Huallaga después de tres décadas. Una época se terminaba.

Ese mismo 2015, en enero, Víctor Pajuelo asumió el cargo de alcalde del distrito de Monzón (provincia de Huamalíes, también en Huánuco). Esta localidad fue durante años un bastión hermético y peligroso del narcotráfico y el terrorismo. El antecesor de Pajuelo fue Job Chávez, quien durante su campaña regalaba semillas de coca. Antes de Chávez estuvo Iburcio Morales, un dirigente que tuvo mucho poder político en la zona bajo el lema “Coca o muerte, venceremos”. La plaza de Monzón, hasta hoy, tiene como monumento principal dos enormes hojas de coca de mayólica abiertas al sol.

Pero ya casi no hay coca en Monzón. Sin gremios fuertes que defendieran el cultivo, y luego de cinco años de frenéticos trabajos de erradicación de plantaciones de hoja de coca, el principal motor económico del Alto Huallaga sufrió un serio revés. En Monzón familias enteras migraron a otras zonas.

Han transcurrido dos años tras el anuncio del fin de la emergencia, y Pajuelo –primer alcalde no cocalero en este distrito– mira el panorama con un optimismo alerta. “Sí veo un cambio de mentalidad. Ahora si uno quiere sembrar, sabe que está arriesgando su plata”, dice.

Ese es un cambio silencioso y lento, aunque hay otros más visibles. En Monzón la policía se retiró en 1984, pero hoy cuenta incluso con servicio de serenazgo (“antes eso era un suicidio”, dice Pajuelo); también hay servicio municipal de recojo de residuos sólidos (“¿a quién le importaba eso en los años duros?”); y se está preparando para la fiesta de San Juan una exhibición de canotaje y turismo de aventura, el Monzón River Fest. Ahora la adrenalina es otra.

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Walter Hidalgo tuvo que dejar su granja de cerdos amenazado por Sendero. Años después volvió y fue un pionero de la piscicultura en la región. (Foto: Dante Piaggio)

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–El frágil orden interno–

A fines de diciembre del 2014, en una columna de opinión publicada en este Diario, el analista en temas de narcotráfico y terrorismo Rubén Vargas escribió: “En el Alto Huallaga se trabajó durante dos años en separar la paja del trigo”, y explicó cómo la policía desbarató los brazos políticos y armados alrededor de la hoja de coca, para luego erradicar los cultivos sin peligrosas interferencias.

Ahora Vargas es viceministro de Orden Interno del Ministerio del Interior, y analiza la situación desde la óptica del funcionario de Estado. Según comenta, a dos años del levantamiento del estado de emergencia, y en un escenario pacificado, lo que falta es aprovechar la coyuntura. “Las autoridades locales tienen que empoderar su zona como, por ejemplo, un polo turístico. Tienen que abrirse al país”, dice.

El escenario es todavía frágil. Es difícil hablar de un resurgimiento de la violencia terrorista en la zona. En marzo, la policía detuvo a Tiburcio Gonzales Sacramento, quien tenía ocho órdenes de captura por delitos de terrorismo en el Alto Huallaga. Pero estaba solo; hay pocas posibilidades de un reagrupamiento.

La guerra contra el narcotráfico, en cambio, no está ganada. “Es una lucha permanente y no se puede bajar la guardia. Allí hay terrenos, hay mano de obra y hay condiciones para el narcotráfico”, dice Vargas. Mantener cierta paz es tan difícil como obtenerla.

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Como una costumbre heredada de los años de la emergencia, cada domingo las instituciones locales marchan en las principales ciudades del Alto Huallaga. (Foto: Dante Piaggio)

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–Sobre la tierra–
Walter Hidalgo no olvidará nunca la fecha exacta –viernes 16 de junio de 1989– en que tiró la toalla. Aquel día, un grupo de senderistas asesinó al guardián de su granja de cerdos y a la esposa de este, con siete meses de embarazo. Luego se llevaron a sus 1.200 animales e incendiaron el lugar, ubicado a la salida de Tingo María. Tuvo que dejar todo y vino a Lima.

En 1998, el entonces gobierno de Alberto Fujimori ofreció apoyo a los llamados desplazados retornantes, y con esa idea en la cabeza Hidalgo volvió a su terreno, que había sido cubierto por el monte. Machete en mano, comenzó de nuevo. A Sendero aún le quedaban muchos años de actividad en la zona, pero él ya había decidido por dónde (re)comenzar: se dedicó a la piscicultura, y hoy es uno de los referentes de esta actividad en toda la selva alta de Huánuco, San Martín y Ucayali.

A fines de los años 80, Hidalgo vio de cerca cómo el terrorismo ahogaba al Alto Huallaga; años después, él ve cómo se está desaprovechando una ocasión para cambiar su propia historia. Según dice, el problema actual no es económico ni policial, sino generacional: esta es una región eminentemente agrícola pero los jóvenes, hijos del conflicto, dejan el campo y se internan en las ciudades para estudiar o trabajar. “Hemos estado malacostumbrados a la economía que dependía de la coca. Todos hemos vivido de eso. Ahora estamos en tiempos difíciles y no se está aprovechando el campo”, dice Hidalgo. Toca ahora ganar la posguerra.

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