A las 9:30 de la mañana, el técnico Virgilio Rojas Nieto –experto en lectura de radares y meteorología– detecta dos naves ecuatorianas a una milla de frontera, en el lado peruano. “Son deslizadores, van a 20 nudos, se siguen metiendo”, le advierte al comandante Leopoldo Luna Malpartida, capitán de la patrullera Río Quilca de la Marina de Guerra del Perú. De inmediato, suena el silbato del contramaestre.

Dos grupos de guardacostas se embarcan en sendos botes militares tipo RIB –que forman parte de la patrullera– y obedecen al llamado. Por la radio, Rojas les dice que aceleren, que los deslizadores se escapan. Estamos a tres millas de las naves extranjeras. En el radar aparecen, además de los deslizadores, pequeñas embarcaciones artesanales.

A dos millas de distancia, los guardacostas preguntan por la ubicación exacta de los deslizadores. No los ven, aún. Aunque la maniobra ha sido rápida, las naves ecuatorianas se han replegado. “Se están regresando. Están a 500 metros de la línea de la frontera”, le dice Rojas al comandante, quien pide que los persigan y lancen disparos al aire, para ahuyentarlos. “Tenemos que disuadirlos, por lo menos. ¡Que alguien dispare!”, grita Luna.

—Rápidos y escurridizos—

El teniente Gonzalo Manrique Otiniano dice que, si bien no han detenido a los intrusos, sí han decomisado artefactos de pesca. “En enero les incautamos dos espineles que cuestan entre 5 mil y 7 mil soles. Siempre ocurre lo mismo: se meten al mar peruano, pero al vernos huyen”, dice luego de la persecución. La mayoría de los deslizadores son tripulados por piratas, entre ecuatorianos y peruanos, que asaltan a los pescadores norteños.

El mes pasado los agentes de la Marina sí tuvieron suerte y capturaron una nave ecuatoriana pescando en aguas peruanas, en Punta Capones. Un mes antes, en febrero, la patrullera Río Cañete detuvo dos deslizadores ecuatorianos en el mar de Cancas, en Tumbes. En una de las naves iba un peruano, era menor de edad.

—Sangre en el mar—

Leopoldo Adrianzén, un pescador tumbesino, ha sufrido la violencia de los piratas en carne propia. Él ha sido asaltado varias veces en la línea fronteriza y el año pasado perdió a su tío Eddy García Colmenares, a quien acribillaron en altamar. Los piratas le robaron su pescado, sus artefactos de pesca y sus equipos de navegación.

“Ya es común la violencia, todos los pescadores hemos sido asaltados. Ahora los pescadores de Puerto Pizarro hemos formado un comité de vigilancia, pero estamos desarmados”, lamenta Adrianzén.

Según el gremio de pescadores artesanales de Puerto Pizarro, en lo que va del año no se han registrado muertes, pero sí 50 asaltos. El año pasado, en cambio, hubo cinco asesinatos en el mar de Tumbes y 15 pescadores fueron heridos en ataques de piratas.
Oficialmente, la Capitanía de Puerto de Zorritos, que depende de la Marina, ha recibido 13 denuncias desde enero. Muchos pescadores no quieren denunciar porque son informales.

—Informalidad—

La Marina no solo lucha contra los escurridizos piratas sino también contra la informalidad de la pesquería. Entre Piura y Tumbes hay más de 2.500 embarcaciones, que representan más del 40% de la flota pesquera artesanal del país.

El 90% de esa flota, a juicio del comandante Leopoldo Luna, es informal. Tras acompañar a la Marina en dos días de patrullaje en alta mar, El Comercio constató que doce de las quince embarcaciones intervenidas carecían de permiso de zarpe, implementos de seguridad (botes salvavidas, extintores, chalecos), radiobalizas o sistema satelital. Esas carencias originan que, sea más difícil el rescate de las naves que se pierden.

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