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"Una guerra sin armas", por José Carlos Requena

"Lamentablemente, y pese la airada reacción de muchos, el Perú parece ser un país de violadores", opina el analista político

Violación sexual

(Foto referencial: archivo)

(Foto referencial: archivo)

El Comercio

Los casos de violencia sexual en el país han ocupado los principales espacios mediáticos en días recientes. La desaparición de la niña Jimena en San Juan de Lurigancho, y su posterior asesinato, opacó –por sus penosas e indignantes circunstancias– a muchos otros que se suceden casi a diario fuera del ámbito capitalino.

El más reciente, sin duda, es el de la niña de 9 años que dio a luz en Tacna, fruto de la violación de su propio padre. La menor vivía en el distrito de Antauta (una comunidad de algo más de 4.500 habitantes), en la provincia de Ayaviri, en Puno.

Al cierre de esta columna (a las 9 de la mañana de ayer), la lista de las 11 noticias más recientes de la sección Perú del portal web de El Comercio presenta cuatro referidas a violencia sexual: 1) “Niña fue violada en Piura [Morropón] y tiene cinco meses de gestación”; 2) “Condenan a cadena perpetua a sujeto que ultrajó y embarazó a su hermanastra”, en San Sebastián, Cusco; 3) “Niña de 12 años está embarazada tras sufrir violación en Puno”; y 4) “Dictan 20 años de prisión a hombre que violó a mujer con retardo mental”, en Carhuaz, Áncash.

El párrafo previo refleja las cifras difundidas esta semana por el Ministerio Público: 76% (tres de cada cuatro) de las víctimas de agresiones sexuales son menores de edad.

Lamentablemente, y pese la airada reacción de muchos, el Perú parece ser un país de violadores. Un extenso reportaje del portal Ojo Público parte de una serie comparada, incluye “un primer registro de perseguidos y capturados por crímenes que llevaron a prisión a 3.125 personas en los últimos cuatro años”.

Imposible no pensar en el caso de Georgina Gamboa, la mujer violada por siete efectivos de las fuerzas de seguridad en diciembre de 1980, en Vilcashuamán, Ayacucho. Eran los demenciales primeros años de la guerra iniciada por Sendero Luminoso en mayo de ese mismo año, a la que el Estado respondió con torpeza y, en numerosos casos, crueldad. La sociedad, en tanto, solo dejó la indiferencia cuando lo “lejos arremetió tan cerca”, parafraseando el título de un libro de Carlos Iván Degregori, que dedicó tanto tiempo a estudiar la barbarie que el país sufrió.

Varios años después de la guerra iniciada en 1980, el Perú está inmerso en una nueva guerra, esta vez sin armas. De un lado los agresores sexuales, que pueden vivir incluso bajo el mismo techo de sus vulnerables víctimas, y del otro, los indefensos receptores de los ataques y, en muchos casos, del olvido. Que la indiferencia no se instale

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