Resumen

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Deyther Domínguez Ramírez tenía 29 años y un tatuaje del rostro de su madre en el brazo. Por ella y por su padre, trabajaba como agente de seguridad. Lo hizo en Tumbes, su ciudad natal, y luego en Pataz, la tierra liberteña que desde hace años se ha convertido en el epicentro del sueño -y pesadilla- del oro en el país. En los últimos cuatro meses fue miembro del equipo de seguridad de la empresa R&R hasta que fue asesinado en un socavón junto a doce compañeros. Fue ese tatuaje el que ayudó a que su cuerpo, carbonizado por la sadismo de sus homicidas, sea reconocido.

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