Redacción EC

Tal vez andaba paranoico. Deslizándose sobre el teclado, sus manos experimentaban un sobresalto de sudoración; sudaba, además, su espalda vestida. Le jodía la ropa interior. No se sentía bien, y se sintió peor cuando la lluvia estrelló un ave gris contra su mampara; rompió el vidrio con un estrépito de esquirlas que enfilaron en mayoría hacia la alfombra. Una bomba de huesos y carne. No se sentía bien, y se sintió peor cuando una nueva réplica del terremoto, ligera como un temblor breve, sobresaltó su bastión en el décimo piso del edificio. Se puso en pie, estremecido.

Y un hilo de sangre asomó en su brazo a partir de un minúsculo brillo sobre la piel. Con la hermosura de un diamante, el vidrio de dos milímetros se empinaba en vertical entre su vellosidad de color café, incrustado como una banderilla en el lomo de una bestia de lidia.

¿Cómo estaría el mar?, se preguntó el señor G al ver su brazo herido y abrumar su mente con la sanguinolencia del ave muerta.

El señor G no recuerda la ocasión en que vio el mar por primera vez. Es el precio por nacer y vivir en la costa. La existencia del océano se torna algo natural y, en cierta forma, cotidiana como es la sensación de calor o la aridez de la ciudad. Sus reminiscencias del mar lo remiten a mañanas playeras de verano, bajo una sombrilla multicolor y rodeado por gordos sin camiseta y viejas en bikini. Su madre era quien llevaba sánguches y bidones de chicha morada con hielo; mientras que el encargado de decidir el lugar para los domingos era su padre, quien transportaba a la familia de sobrinos a Las Conchitas, en el margen derecho de Ancón. También iban a La Punta. En todo caso, en ninguna de esas playas había arena, sino caparazones de moluscos o piedras. Se divertía, a pesar de no poder construir castillos ni túneles en la orilla. A los seis años, arrojar una pelota en el agua salada equivale a la conquista del mundo. Después conoció otras playas, donde le molestaba caminar descalzo por el calor de la arena o la incomodidad de tenerla metida en todos los orificios del cuerpo luego de revolcarse como perrito en jardín. La playa era un lugar para pasar el rato; divertido, aunque nada más. No tenía la función maravillosa de su habitación repleta de juguetes que hablaban con él o de escuchar las historias que le contaban antes de dormir. Nunca olvidaría su primer beso. Tampoco el día en que redescubrió el océano.

Era un adolescente con algunos primos y conocidos del barrio de Jesús María, y con ellos se aventuró al sur de Ancón, muy lejos de Las Conchitas, al otro lado de Playa Hermosa. Un pescador les había comentado que a una hora de camino, entre peñascos y pequeñas dunas, había una costa desierta. Está lejos, y muy pocos se bañan ahí, les comentó. El entonces adolescente señor G cayó en la cuenta de que el grupo de camaradas no tenía dudas: debían conquistar ese paraje solitario.

Iniciaron el recorrido al mediodía, con los rayos del sol en vertical sobre sus nucas. Todavía la prensa no anunciaba el calentamiento global ni se alarmaba por el cáncer de piel o la destrucción de la capa ozono. En todo caso, para chicos de entre doce y quince años, tanta ruina ambiental no significaba nada. Fue un ascenso difícil y pronto, una extensa ruta en declive como si fuera un pequeño desierto camino al litoral. El señor G habría de evocarlo muchas veces en sus momentos tristes como su desierto personal.

El viaje les tomó casi dos horas; pero valió la pena. Incluso con su tramo final, vadeando a pie descalzo los rompientes para retomar el ascenso. El entonces adolescente señor G, agotado, contempló desde la cima de un monte de arena la herradura que formaba la playa y la espuma blanca besando la costa. A lo lejos, del verde al azul, el océano por fin tenía la majestuosidad que nunca había ostentado ante sus ojos. Eran cinco o seis chicos, jadeando por el cansancio y enmudecidos por el espectáculo, que detenían su experiencia con la vista puesta en el herraje de arena y el horizonte.

A unos metros yacía un pelícano muerto, seco por el sol, con una lámina de metal que asomaba de su interior. Una lata, un garfio, una navaja, una hoja de afeitar… Cada uno de los chicos arriesgó un veredicto antes de irse.

Es confuso el sabor de la maravilla con un muerto al lado. El adolescente señor G se sentía dichoso por contemplar el oleaje sin personas ahí y la costa sin los colorinches plásticos de las sombrillas. La brisa marina y la fragancia de la sal eran la síntesis de la plenitud en ese momento. Sin embargo, se imponía la presencia del cadáver del animal; también, de algún modo, las impúdicas consecuencias de la existencia de la humanidad. Mientras regresaba, el adolescente señor G se preguntó, ingenuamente, qué habría de sentir el día en que encontrase en idéntica condición a un ser tan libre como un ave; pero en otras circunstancias: no de paz ni prodigio como ante al océano, sino de agobio y pesar.

Las muertes, desde el origen de los tiempos, cobran el valor de su contexto.

Una señora gritó en el piso inferior al décimo del edificio IV del condominio Los Halcones, haciendo de su alarido el eco unánime de muchas otras voces en la ciudad. Desde un extremo de su sala, contemplando al animal desgarrado en el suelo de su universo de paredes blancas, el señor G también gritó.

Sobre el autor

Juan Manuel Chávez (Lima, 1976)- Premio Copé de Plata en la XII Bienal de Cuento por el relato Sin cobijo en Palomares. En el 2016, ganó la Bienal de Cuento Infantil del Icpna, y obtuvo el Premio de Ensayo de Radio UNAM por su programa de podcasts La dieta del lector.

Es autor de crónicas, ensayos y de las novelas La derrota de Pallardelle, Ahí va el señor G y El barco de San Martín, libro que forma parte de la Colección del Bicentenario, proyecto impulsado por él mismo, compuesto por ocho novelas históricas sobre la Independencia peruana.

Sobre el libro

Título: Ahí va el señor G
Autor: Juan Manuel Chávez
Editorial: Campo de Niebla
Páginas: 128
Precio: S/ 35,00

TAGS RELACIONADOS