Debido a que los accesos a Chato Chico están inundados, la ayuda casi no llega a este pueblo del distrito de Cura Mori. Se perdieron casas, tierras agrícolas y animales. Las pérdidas aquí son totales. (Foto: Lino Chipana / El Comercio)
Debido a que los accesos a Chato Chico están inundados, la ayuda casi no llega a este pueblo del distrito de Cura Mori. Se perdieron casas, tierras agrícolas y animales. Las pérdidas aquí son totales. (Foto: Lino Chipana / El Comercio)
Enrique Vera

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“Voy contigo”, suplica el niño, a punto de romper en un llanto desesperado. Se prende de la única falda que le ha quedado a su madre, Guillermina, pero ella lo regresa del brazo al colegio inicial 077 del centro poblado Chato Chico, en Piura. Seis carpas guarecen allí, desde el lunes pasado, a 25 familias devastadas por el desborde del río. Afuera hay otras 20 que claman por entrar, comer, sobrevivir al sol abrasador.

Es el mediodía del jueves 30 de marzo. Casi 72 horas han transcurrido desde la tragedia, y Guillermina Anastasio, de 42 años, todavía no ha podido reconocer dónde estaba su casa, ni las de sus vecinos, ni las granjas de lechones y patos. Parada sobre el final de la calle Atahualpa, solo sabe que en algún lugar cercano vivía. Hoy todo es una extensión de fango y agua empozada donde flotan carrizos, animales muertos y calaminas.

Esta mujer es solo un número en medio del desastre. Aquella mañana, había servido menestras y pescado a su hijo, cuando el río Piura excedió de forma descomunal su cauce. De pronto, la oscuridad, el griterío, los llantos. Todo se aglutinó en una estampida fantasmal hacia la parte alta del pueblo. Más de mil personas han quedado ahora expuestas a los zancudos y a temperaturas de hasta 36 grados.

Duermen bajo telas que han alzado con troncos secos, en el mejor de los casos. La mayoría está apilada y pernocta cerca de los campos de cultivo que no llegaron a anegarse, pero que concentran focos de zancudos fulminantes. Unos ruegan por agua con la misma urgencia con que piden repelente y mosquiteros. “Prefiero morir de hambre o sed, pero no picado por los bichos”, lamenta alguien con desesperación. La fiebre por las picaduras e inflamaciones los está minando lentamente, los está matando.

Con el índice derecho, Valentina Yovera Risco, de 53 años, señala una laguna de donde emerge la copa de un árbol y lo que parece el travesaño de un arco de fútbol. Esos eran los sembríos de arroz de su esposo y el precario espacio deportivo del pueblo. La indicación revela en su brazo unas llagas que se van extendiendo a causa de la contaminación del agua.

Valentina Yovera ha sufrido llagas y escoriaciones en la piel. El agua que los rodea está sucia y contaminada. (Foto: Lino Chipana / El Comercio)

Modesta Cernaqué Silva, de 80 años, perdió las provisiones de insulina que había traído desde Piura para controlar su diabetes; le tenían que durar dos meses. A dos hombres de su misma edad, postrados por la artritis en un colchón roído, les ocurrió lo mismo con sus calmantes para los dolores de huesos que los tuercen de noche. Allí, cuando todo se vuelve negro –tampoco hay velas–, el frío cortante los obliga a abrigarse rodeando cilindros repletos de objetos inservibles calcinándose.

La calle principal, Atahualpa, divide a Chato Chico en las zonas alta y baja. Toda esta última parte es ahora un enorme lago pantanoso, hacia donde ya pocos quieren ir. Nadie tiene nada por recuperar. El embate del río dejó dos fracturas en la carretera que va hasta el pueblo y hoy todos allí están incomunicados. Las donaciones solo llegan hasta los caseríos cercanos. Los enfermos convalecientes no consiguen salir ni los médicos pueden ingresar.

(Foto: Lino Chipana / El Comercio)

Si en un día normal cada paciente de Chato Chico ya cumplía una misión titánica para trasladarse hasta el centro de Cura Mori o Catacaos (a 5 km, aproximadamente) en busca de medicinas, hoy eso es una dolorosa utopía. Hay 15 mujeres embarazadas y menores con las pieles enrojecidas que deben salir cuanto antes de allí, pero hasta hoy el caudal del río que ha partido la vía lo impide.

—Postales de la crisis—

Llegar al último rincón del Bajo Piura es una forma de cruda peregrinación. La ruta que parte del empozado distrito de Catacaos muestra de a pocos distintos cuadros de la necesidad, de la vida paupérrima que ha quedado por completo en Chato Chico. Padres, sus hijos y ancianos, apostados a un lado de la pista para alcanzar las donaciones. Día y noche. Así sortean la desgracia. Siempre, cerca de lo que quedó de sus casas para no perder por los saqueos lo poco que aún tienen.

La escena se repite mientras el recorrido sigue por los asentamientos humanos San Martín y La Campiña, también por los bordes de Pedregal Grande y Pedregal Chico. En el centro del distrito de Cura Mori y los poblados de Buenos Aires y Pozo de los Ramos, el hambre se mimetiza con la destrucción.

(Foto: Enrique Vera / El Comercio)

Los extremos del siguiente sector, San Pedro, son precisamente los puntos donde la ferocidad del río Piura partió la vía. Eso obliga a los moradores de los poblados ubicados kilómetros más adelante –Chato Grande y Chato Chico– a sumergirse en el caudal, a hundirse casi hasta el pecho con sus niños, y con las provisiones que llevan.

Cabezas de ganado escuálidas, una iglesia al borde del desplome, los rostros atónitos de parientes urgidos. Así es el ingreso a Chato Chico. El dirigente vecinal, Wilberto Ipanaqué, pronuncia cada 15 minutos los nombres de quienes deben ser prioridad para los traslados que se concreten. Escribe mientras cuenta el número de casas que se siguen cayendo, la cifra de enfermos que ya nadie reclama. Avanza hacia los niños con sed y va de regreso hacia las casas derruidas. De regreso a la nada.


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